Adiós Blogger

Vengo a despedirme, de Blogger, de vosotros no.

Me mudo a mi propia página www.escriboaqui.es . Espero que todas las personas que me tienen enlazadas con este blog, cambien el enlace por el nuevo.
Y espero que también vengáis conmigo, a mi nuevo blog. Donde seguiré escribiendo como hasta ahora he hecho aquí.

Gracias a todos. Y gracias por seguirme una vez más.


¿Dónde está eigual?

Sí, eso ¿dónde estoy?:

Pues estoy trabajando. Trabajando en mi nuevo blog, en la que será mi nueva página, que espero que dentro de unos días esté lista, y poder escribir aquí el link, y compartirlo con todos vosotros.
Me muerdo la lengua, las uñas, y rozo la desesperación por no poder escribir, por no poder escribir todas las historias y todas las cosas que quiero escribir, ya que todo mi tiempo se lo está llevando el blog que estoy diseñando (es difícil esto del diseño ¿eh?, no me acordaba).
Calculo unos 3 o 4 días para tenerlo listo.
He de deciros que me ha hecho mucha ilusión esto de comprar mi propio dominio. Por fin tener un nombre en este espacio, un lugar más asentado. Y bueno, un diseño, como Dios manda. Y elegido y diseñado por mi, pues en el blog una se tiene que sentir a gusto ya que se van a pasar muchas horas en el.

Así que nada. Me despido hasta mi próximo post, que será de despedida a este blog de blogger, que tanto bién me ha hecho y que me ha dejado que comparta con vosotros, léctores, tantas historias, tantas palabras.
Pero aunque mi próximo post sea de despedida, en realidad es de bienvenida, es para dar paso a una nueva etapa que comenzará ya mismo. En breve. En unos días.

Solo puedo decir una cosa,

gracias, gracias y gracias.

Volver a verte

Dimos una vuelta por el pequeño bosque que había cerca de tu casa de madera.
¿Estás cansada? -te pregunté-. Podría estarlo -respondiste- pero no, ya estoy acostumbrada a caminar sobre la tierra y las piedras.
Te hablé de lo delgada que te veía, de lo bien que te quedaban las gafas de pasta azules, y de aquellos viejos amigos que ya son viejos y no son nuestros amigos. Te reías y podría haberme colado dentro de aquella risa que cosía con pequeñas carcajadas aquella vieja herida que dejaste abierta una vez, pero esa vez ya estaba olvidada.
Tu Padre, ¿sigue pintando? y contando historias de la guerra -te pregunté bajito-.
Mi Padre, sí, sigue pintando, y sigue con las historias que te contaba mientras tu casi quedabas dormida -me respondes sin quitar la vista del camino de tierra y piedras-.
Yo no me dormía. Recuerdo todas las historias, ¿te las cuento? -te respondo, sin dejar de mirarte a los ojos-.
Sonríes. No, gracias -vuelves a sonreír-. Bastante tengo con mi Padre -terminas diciendo, entre risas y miradas-. Sí, tu mirada. Aquella mirada. Cómo olvidar aquella mirada llena de incertidumbres. Recuerdo que la última vez que nos miramos así tu me dijiste que querías estar sola, que no querías volver a tenerme cerca. Y aquella mirada contradecía tus palabras. Te repetía una y otra vez, que me echarías de menos, que lo pasarías mal, y por no ser egoísta no te dije que quién más te echaría de menos sería yo. Y me callé.
Te doy una caja de cartón de colores, y dentro están todas las cartas que te escribí y nunca te hice llegar. ¿Por qué te viniste a vivir tan lejos? -te pregunto temblando-.
Y tu quedas callada. Me imagino que por la enfermedad de tu Padre los médicos te dijeron que el aire puro le haría mucho bien. Pero ¿y a ti, te haría algún bien a ti este aire tan puro, esta soledad?. Me respondes que no.
Nos hemos detenido, en el camino. Has dejado la caja sobre una piedra y te has sentado cogiendo mi mano fuertemente y sin soltarla un instante.
¿Cuándo vas a asimilar su muerte?. Tienes que aceptarlo, por favor. Ella ha muerto. Murió aquel día. Yo también la imagino rondando por aquí, y aún huelo las galletas de almendra que cocinaba y llenaban de olor toda la casa. Pero tienes que pasar página. Ella no está. Nos dejó, por desgracia, hace 5 años. Y tú, niña, vuelves cada año a encontrarte con ella en esta vieja casa de madera, pero nunca la encontrarás. Porque desgraciadamente ella está muerta.
Hija, recoge esta caja llena de cartas. Ella no puede leer esto. Y además, nunca.
No vuelvas nunca más aquí. Ella no está, tienes que asimilarlo - me golpea en las sienes con los dedos-. Tienes que entenderlo: tienes que enterrar ese dolor. No creas que como Padre que fui no la echo de menos. La busco tras los árboles, y cuando anochece parece que la escuche pedir auxilio en el bosque. Pero son imaginaciones mías. Al igual que tus imaginaciones son tuyas.

Coge ese tren y no vuelvas. Mi hija ha muerto y tú cada vez que vienes en su busca te mueres un poco y me matas a mi otro poco.


Adiós Granada

Granada. No os imaginais lo bonita que está Granada. Pero hoy la vuelvo a dejar atrás. Y regreso a mi hogar. Mi hogar no está aquí. No encuentro mi hogar en ninguno de los rincones de esta preciosa ciudad: una ciudad que me ha visto crecer, enamorarme, derrumbarme por primera vez, y también levantarme, y curar mis heridas. Sin embargo no me siento en casa. Quedo con una amiga, con Ana, y le digo que me muero de ganas de regresar a Barcelona, que aún estas calles están llenas de desolación y recuerdos. Que aún si camino por las calles puedo verme subida dentro de aquel Seat azul, y que me sigue dando vértigo encontrarme el pasado y la verdad en la calle.

Escribo este post desde la que hace tiempo, bastante tiempo, fue mi habitación, en el ordenador de mi hermana. Que lejos quedó todo aquello. Pensaba que me estremecería al pisar la terraza, aquella de la que una vez os hablé, y sin embargo, no he tenido ganas ni de asomarme y mirar las vistas, que una vez me cautivarón, y que tantas veces, en la lejanía he deseado tener. Sin embargo, una vez aquí todo cambía. Ahora solo quiero coger un avión e irme. Quiero que sea Lunes, quiero volver a madrugar para ir a mi trabajo, quiero volver a casa y encontrarme con el tazón de cereales, contigo. Quiero coger ese avión, malditasea, estar a tu lado y cogerme fuerte de tu mano. Y una vez que me haya ido, quiero regresar a Granada, pero quiero regresar contigo. Y darte un beso en cada esquina. Inventar contigo nuevos recuerdos, de esta ciudad, que aún guarda tanta agonia y tanta tristeza. Sin embargo, me lo he pasado bién.

Y ahora, que escucho el sonido de las espadas de mi hermano.
Y ahora, que llega hasta aquí el olor a colonia de coco de mi hermana.
Y que escucho los platos y vasos chillando en la cocina (mi madre fregando).

Ahora, se que tan sólo me queda una hora y media para alejarme de aquí. Para perder este olor, el de ahora, para perder este momento, este preciso momento en que escribo esto en el mismo lugar: exacto lugar, donde una vez descubrí que Internet revolucionaría mi vida.
Ahora, entre tanto ruído y tantas cosas me despido de una Granada extraña pero bonita.
Y regresaré. Siempre lo haré. Pero espero, la próxima vez hacerlo cogida de tu mano.
Me da miedo volar, me dan miedo los aviones.
Y decir adiós, aunque mi hogar esté en otro lugar, también. También me da miedo eso.

Adiós familia. Adiós amigos. Adiós Granada.


La ciudad enamorada


Calle empedrada - Granada


Camino por la casa. Los gatos están escondidos, no los veo. Escucho ese tipo de silencio que es capaz de dejarte sordo. Ese silencio que se instala en tus oídos y no se va. Camino arrastrando los pies. Nunca había experimentado esta soledad tan extraña, agradable y a la vez melancólica. Mastico una ausencia por el pasillo, me miro en el espejo y con el rosto serio me digo a mi misma: "aún no te has ido". Quiero encontrar las preguntas a mis respuestas. Siento miedo al irme de esta ciudad. A que me secuestren en la otra y no me dejen volver a esta otra vida que he encontrado y en la que tan feliz soy. Tengo miedo de irme,y sin embargo fui yo quien compré ese billete de avión con fecha de hoy.

Mascullo algo, que no logro a entender ni yo. Sin embargo tengo ganas de pasear por aquella ciudad. Sentirme libre de culpas, libre de malos recuerdos, libre de malas compañías. Ahora parece que sonrío, y tengo que ir a mirarme al espejo del baño, para ver si es verdad.
Al entrar en la habitación tengo miedo de dejarte aquí, tan rodeada de mi, tan acompañada y tan sola. Quiero llevarte conmigo. Y no lo voy a hacer. Porque no puedo.
Iré a los sitios que me dolían tanto. Miraré aquellas calles, que una vez fueron testigos de tanto dolor, tanta pena y tanta infelicidad. Y no me dolerá. No me dolerá ver aquellas calles empedradas. No sentiré aquel dolor punzante en el estómago, ni aquellos nervios. Ni perderé el Bus de vuelta a casa.

Me voy a la ciudad enamorada, como yo la llamo.

Camino por el pasillo, arrastrando los pies. Me dejo caer al suelo: quedo sentada echándote de menos y eso que aún no me he ido y te veré en dos horas.
Un olor inunda la casa. No sé que es. Me levanto, voy a la cocina.
El bizcocho se ha carbonizado.

Hasta pronto.

Cumpleaños feliz

Hoy es tu cumpleaños. Te he llamado. No me he olvidado, como hice aquel año: nunca se me iba de la cabeza el 31 de Agosto, sin embargo, aquel terrible año en que por fin había conseguido sacarte de mi cabeza, se me olvidó tu cumpleaños. Te dije que lo sentía: no quería sacarte de mi cabeza al 100%. Pero sin querer, te saqué. Ya ves. Recuerdo que antes, para nuestros respectivos cumpleaños nos enviábamos una caja llena de regalos, cosas hechas por nosotras: dibujos, fotos, algún anillo o pulsera, cosas así. Recuerdo que me gustaba esa forma que tenías de conseguir, con aquella caja llena de sorpresas, alegrarme el cumpleaños. Pero dejamos de enviarnos aquellas caja. Porque poco a poco, de ser la mujer de mi vida, pasaste a ser la mujer con la que menos contacto iba a tener el resto de mi vida. Hace años que no nos vemos, y no pasa nada. Sé que estás bien, por lo poco que me cuentas. Tu no lees mi blog, por eso escribo esto aquí. De no ser así, quizá, quedaría callada. Te he comprado algo, nada, una tontería. Y mientras hablábamos, como hablan las personas que se llaman por compromiso ( y eso que yo no te he llamado por compromiso, pero la conversación ha transcurrido como si lo fuera), te he pedido que me mandes un mensaje al móvil con la dirección de tu casa, para enviarte "eso" que te he comprado. Esta mañana me has dicho que me envíarias el mensaje con tu dirección: aún lo estoy esperando. Y no se si llegará.

Hay que ver de que forma nos hemos separado. Tú, que me enseñaste tantas cosas buenas. Tú, que fuiste todo, y ahora con esta lejanía no eres nada. Tú, que me ayudaste tanto, y me enseñaste el valor de muchas cosas, y que un día sin más, me dijiste adiós de aquella manera. Y hoy tengo la osadía de hablar de ti aquí. Porque aquí suelo hablar de cosas importantes. Y tú, tú... a pesar de esta manía tuya de alejarte, eres importante. Por eso te escribo. Por eso, te digo, hoy, que aunque la tontería que te he comprado nunca te llegue, siempre podré acumularlas con las otras cosas que nunca te envié y que aún siguen por aquí, en algun cajón.

Feliz cumpleaños.

Viernes, vacaciones y cocina

Los viernes, en el trabajo, se respira un aire diferente. Ves a la gente más sonriente y con más ganas de trabajar. Sin embargo, mi jefa, los Viernes es cuando más nerviosa está.
Y hoy todo era diferente. Los rostros hablaban (de felicidad, de tiempo libre, de planes), no hacía falta decir nada. Durante el mes de agosto, los viernes hemos salido antes de trabajar, y mientras, casi todos mis compañeros se quejan y dicen que en vez de salir a las tres podíamos salir a las 2. A más de uno me gustaría a mi verles trabajando 15 horas sin parar, quemando sus manos con lejía, por tener que estrujar una bayeta para limpiar las marcas que dejan los vasos en la barra de metal. A más de uno, sí, a mas de uno -murmuro-.
Me gustaría verles preguntándose porque el jefe usa tanta lejía para aclarar el trapo. Me gustaría verles las heridas más tarde, y aquel olor... aquel olor a lejía en la piel que parece no querer irse.

Pero ahí están. Quejándose de esto, de lo otro. Ahora, yo estoy encantada, ¿esto es trabajar?. Perdona, no. Trabajar era cargar las cajas de coca cola, del sótano oscuro. Es empujar aquel carro con cinco cajas de coca cola, por una rampa de 20 metros, que parecía no terminar nunca. Y aquel dolor de espalda. Los callos en las palmas de las manos. Aquella sensación de desidia y resignación. Aquello, compañeros, aquello era trabajar, no lo que hacemos nosotros. Esto, para mi: estar sentada frente al ordenador haciendo lo que hago, es un pequeño juego que me aporta sabiduría y bienestar. Me lo paso bien, me entretengo. Nadie me molesta, me tratan bien. No me duele la espalda, ni me salen callos en las manos, ni huelo a lejía. Trabajo 5 días a la semana, quitando los días de fiesta y las vacaciones. ¿Qué queréis que os diga?. He tenido mucha suerte. Y me alegro de haber vivido aquellos días, en aquellos bares, todas aquellas cosas. Claro que sí. Todo aquello que viví y que vi, me sirve hoy para apreciar mucho más este trabajo. Para no quejarme tontamente y sin motivos.

Y me ves a mi, con un cosquilleo extraño en el estómago. Porque además de ser viernes, comienzan hoy mis vacaciones: me espera una semana de descanso y días en Granada. Descanso, que risa, como si me cansase el estar sentada cada día frente al ordenador, como digo, haciendo un trabajo que me gusta y entretiene. Pero bueno. Vive y disfruta el momento -me repito cada día-. No se lo que va a durar. Por eso utilizo mi tiempo libre para escribir, jugar a lo que me guste, leer, salir, hacer manualidades....

Hoy por ejemplo, hemos hecho cocinitas: croquetas caseras y un pastel de queso. He aquí, la prueba:


Cocinar recuerdos

¿Por qué tienes esa alfombra tan fea, y sucia en el lavabo? - me dices con cara de asco -.
Primero: no es una alfombra fea. Es una alfombrilla de baño, sí, eso que usan las personas normales y corrientes, para apoyar los pies cuando salen de la bañera. Y no esta sucia. Es de color gris y está mojada, quizá eso de sensación de sucia. Pero te equivocas, a ver si vamos mirando mejor, antes de abrir la boca.

Me haces preguntas extrañas. Preguntas sobre como coloco los libros en la estantería. ¿Por qué no pones los libros grandes, con los grandes, y los pequeños, con los pequeños, por qué los mezclas?. No los mezclo. Me gustan así. Me gusta tenerlos como están. Así colocaba mi madre las enciclopedias en casa, pero esta no es la casa de mi madre, es la mía. Y los tengo así porque es como me gusta tenerlos.

Tú siempre, con ese aire de saberlo todo. Eres la perfección imperfecta. Tú. Que has sostenido mi mano, tantas veces, y la has soltado otras tantas. Tú. Que dabas consejos que luego nunca te aplicabas. Que me mirabas y me decías, seriamente: que tenía que dejar de echarte de menos. Y me llamabas, me llamabas por las mañanas, por las tardes, y por las noches. Cuando el miedo y la soledad, decías, asaltaban tu casa. Y querías bajar al portal a esperar mi llegada, ligera de ropa. Que no. Que tú no estás aquí, en las paredes de mi casa. Ni en las paredes del corazón que dejaste tan quebrado y tan solo. Que ya no te echo de menos, pequeña. Y dejé de mirar tus fotos. Esas fotos, por las que me preguntas, mientras repasas con la mirada cada una de mis estanterías, preguntado por los posters que tengo colgados en las paredes.

Que te creías la única entre todas las mujeres. Que pensabas que solo tu mano podía hacer estremecer mi cuerpo. Y no eras la única. Y te has dado cuenta, mientras cruzabas las piernas, sentada en mi sofá : Sofá gris. Vaya, veo que te gustan los tonos grises - me dices, sin apartar tus ojos de los míos-. Sí. Así dejaste mi vida cuando te fuiste, aquel día, que hoy ya forma parte del pasado. La dejaste gris. Tan gris que tuve que colorearla entera. A base de darme hostias en la pared, a base de gritar tu nombre, y atropellar tus recuerdos en la cocina, en mi cama, en el baño, en todas partes. Y hoy, estás ahí sentada, y me preguntas que por qué me gusta tanto el coloro gris ¿tú que crees, princesa?.

Venga. Ha llegado la hora de que te vayas. Mi vida continua cuando salgas por esa puerta.
Esta noche vienen a cenar unos amigos. Sí, esos amigos que te caían tan mal, porque me robaban el tiempo que podría haber pasado contigo. Egoísta. Eso te dije, aquella noche, justo antes de sudar, juntos, en la cama. Te pedí perdón, no quería decirte lo que pensaba de verdad y lo dije. Y te hice daño. Me castigabas, con tus ausencias, con las llamadas que nunca hacías, con ir solo al cine, con citas a las que nunca acudías, con las tardes y noches, cuando te llamaba y no contestabas.

En fin.

Y hoy estás aquí. Y parece que quieres quedarte. Pero en esta casa, no hay sitio para ti. Sí, perdona: pero ella llama a la puerta. ¿Ella? -preguntas-. Sí, ¿pensabas que estaba solo?. No. Hace mucho que dejé de cocinar tus recuerdos en la cocina. Ella es... Bueno, espera. Te la presento.
Ah ¿qué ya te vas?. Muy pronto, ¿no?. Lo siento. No quería hacerte daño - le digo, mientras la despido en la puerta-.
No, no me haces daño, tranquilo. Solo que aún te quiero - tartamudeas-.
Vuelve cuando quieras -te digo sonriendo tímidamente-.
No creo que lo haga - me dices-.

Y el ruido del ascensor revienta el espacio que dejas, cuando te marchas. Te has ido. Y es curioso, me siento algo vacío.
Una voz. Desde el salón. Me llama. Es ella. Mi amor, mi nuevo amor: mi futuro.
Ya voy cariño.
Ya voy.

Cuando te salva un libro

Sé que soy despistada. Sé que cuando camino por la calle, con el mp3 en las orejas, un libro en la mano izquierda, y la otra en el bolsillo.....voy algo despistada. En mi mundo. Escribiendo mentalmente cualquier escena, que adapto para el siguiente capitulo. Porque a veces, con las pequeñas ideas se construyen las grandes.
Y nada, yo iba caminando, no había hecho más que salir del trabajo, cruzar el primer paso de peatones, de cada día, y luego el segundo, ése que no he cruzado, porque a eso no se le puede llamar cruzar. El semáforo estaba en verde, y he comenzado a andar sobre el paso de cebra, pero mi atención se ha centrado en la mujer de la Farmacia. Esa que siempre veo, y nunca sé exactamente que piensa a las 9 de la mañana, con la mirada tan pérdida y la cara tan triste. Un hombre le entregaba algo (aún no sé que es, y mira que tengo ese objeto en la mente). Le entregaba algo, y ella le sonreía mientras sostenía esa cosa en la mano. Y ha sido en ese momento, cuando he tropezado, justo al terminar de cruzar el paso de peatones, he tropezado con no sé que, aún, y he caído todo lo larga que soy (casi un metro setenta). He quedado tumbada boca abajo en la acera, mirando a la chica de la cara triste, con aquella cosa en la mano. Me he levantado lo más rápido que he podido. La chica se ha acercado a mi, me ha querido ofrecer ayuda, pero le he dicho que estaba muy bien, y le he dado las gracias. "Te ha salvado el libro ¿eh? - me dice -". Yo le sonrío. Sí. Sí.

Y huyo. Porque a lo que he hecho no se lo puede llamar de otra manera. He huido de la escena. Recordando que la chica quería curarme la rodilla y el codo, que me la he rozado. Y sí, tenía razón, de no llevar el libro en la mano izquierda, me habría raspado la cara, la mano y el brazo entero. Pero he ido a caer con la cara sobre el libro, y el mismo brazo, ha caído también sobre éste, con lo cual, la peor parte se la ha llevado el libro, el cual está totalmente raspado por debajo (una pena, pues era nuevo). No he sido consciente del dolor y las raspaduras que me ha ahorrado el libro, hasta que he asimilado mi caída, que ha sido cuando me he visto los pantalones blancos de suciedad y rotos. Entonces la escena ha venido a mi cabeza: yo en el suelo, del que he tardado en levantarme, menos que en caerme. Luego la chica de la farmacia que quería hacerme la cura, y le he dicho que estaba perfectamente: ¡y un cuerno! estaba echa pedazos, pero no quería descubrir que era eso que le ha entregaba el hombre, y que tanto ha captado mi atención, y me ha hecho no mirar al suelo, y tropezar. No quería tan poco, estar cerca de ella, no quería descubrir a que se debe su cara triste a las 9 de la mañana. Me gusta imaginar.

Cuando he llegado a casa me han hecho las pertinentes curas. Mi codo ha quedado así:



Si, en la foto no se aprecia del todo, la enorme raspadura que me he hecho. Pero he decidido enseñar el codo, ya que ver mi rodilla resulta desagradable pues la tengo en carne viva ahora mismo. Así que mejor el codo.

Y aquí, el libro que me ha salvado la vida...............que estos días pensaba que menudo tocho de libro para llevar cada día al trabajo. Pesa un huevo. Pensaba: mira que no haber empezado a leerme el otro, que era más finito, pues no, tenía que ser este. Porque me tenía que salvar del golpe. Y es que, es verdad, los libros, a veces, también nos salvan la vida.


El quitavidas

Regresaba de trabajar. Conducía su coche rojo metalizado, casi recién sacado del concesionario. Él, el hermano de mi padre, el que me enseñaba a sacar muñecos de la máquina del gancho. El que me cogía en brazos y con suma paciencia me acercaba a la máquina, yo le señalaba el muñeco y siempre me lo conseguía, después de varias monedas. Era igual de guapo que mi padre, y aunque eso de igual, tengo que decirlo. A veces le confundía y le llamaba papá, luego, me quedaba mirando detenidamente su cara, intuyendo, que no era mi padre, y cambiaba, y le llamaba tímidamente "tito". Él reía. Siempre tenía una sonrisa para mi, y para todo el mundo. Tenía una novia, rubia, guapa, muy guapa. Se casaban en un año. Toda la familia, le tenían como el hijo, más pequeño, y más responsable, porque era el pequeño de 11 hermanos. Siendo el pequeño, ya tenía trabajo estable, un piso comprado que le entregaban en unos meses, una novia con la que tenía planes de boda, era atento, era formal, era buen hermano, buen tío, buen hijo: lo era todo. Todo lo que a muchos de nosotros nos gustaría ser.

Esa noche no había dormido nada, había estado trabajando (su trabajo le obligaba a conducir muchas horas, a desplazarse a otras ciudades). Así que a las 5 de la mañana volvía, por la autovía, "quería llegar pronto a casa, para aprovechar el día". Eso le dijo a su novia. Los ojos le escocían, se los frotó varias veces. La vista se le nublaba, pero no quería parar: quería llegar pronto. Si paraba, perdía el tiempo.
Y el tiempo se perdía en ese momento. Y no solo el tiempo, sino su vida entera.
Cerró los ojos, unos segundos, lo justo para que el coche se precipitase por un trozo pequeño de carretera a la que le faltaba quita miedos (cuatro metros sin quita miedos, por ahí coló). Cayo al vacío. Su coche rojo voló por el cielo unos instantes, hasta caer, y según dijeron los médicos, él se dio cuenta de todo, pero murió al instante, al impactar contra el suelo. Con tan mala suerte de caer bajo un puente.

Lo daban por desaparecido. Toda una semana de búsqueda, preguntándose ¿dónde y por qué?. La policía preguntó a sus familiares, a su novia, si podía tener algún motivo para dejarlo todo e irse donde nadie pudiese encontrarle. Ellos lo negaron. "Nos vamos a casar el año que viene, todo está bien, y hablé con el por teléfono justo antes de que cogiese el coche, me dijo: Cariño voy ya para casa, que quiero dormir y aprovechar el día contigo. No se ha fugado. No me habría mentido de esa forma. Le ha pasado algo, y no es algo bueno, precisamente. Hay que encontrarlo".

Y lo encontraron. Bajo el puente. Muerto. Llevaba una semana muerto. ¿Cómo no lo vieron antes?. El coche estaba demasiado echo pedazos. Menos mal que era rojo - dijo, un policía - de no haber sido así, no hubiese llamado la atención, y quizá, todavía andaríamos buscándole.
Cuando le dieron la noticia a sus familiares, éstos, se derrumbaron, pero al menos, la pesadilla había terminado, o no había hecho, más que empezar.



* Dedicado a mi tío, al cual, a día de hoy, aún echamos de menos.

Pescador de sueños


Los Sábados papá me llevaba a pescar. Yo tenía 9 años. Papá me había regalado por mi cumpleaños una pequeña caña de pescar, que el mismo había fabricado sin que yo le viese. Vivíamos en un pueblo de Asturias, cerca del mar. Papá, cada sábado, me despertaba en mitad del sueño, me preparaba un gran vaso de leche con una rebanada de pan recién hecho, al que le rociaba azúcar por encima (estaba tan bueno). Luego mamá aparecía por la puerta, con dos bolsas cargadas de comida. Nos preparaba unos bocadillos, con un embutido que de solo olerlo te alimentaba. Nos llenaba la cantimplora de agua fresca. Nos repartía besos y nos despedía en la puerta. Pescaba con Papá. Mejor dicho, yo miraba como Papá pescaba. Yo le miraba con la boca entre abierta. Nunca me hizo falta decirle lo mucho que le admiraba, porque mi cara lo decía todo, sin palabras, yo me retorcía de felicidad, sin dejar de sonreír, y sin soltar mi pequeña caña de pescar, que Papá con tanto cariño me regaló.
Luego, con la cesta cargada de buen pescado, Papá pasaba por casa de Ernesto.
Ernesto era un hombre mayor, y que padecía una grave enfermedad. Su mujer estaba enferma también, y el médico le había dicho que la comida que menos daño le haría, sería el pescado. Por eso Papá, pasaba cada sábado por casa de Ernesto y le regalaba de forma desinteresada más de la mitad, del contenido de la cesta. Luego, en casa, Mamá cocinaba el resto del pescado. Cortaba unos tomates recién cogidos (teníamos una pequeña huerta), y comíamos pescado y tomate aliñado, mientras Papá relataba como había ido el día de pesca. Le contaba a Mamá que el más grande lo había pescado yo. Cuando era mentira, lo había pescado el, lo único que cuando el pez picaba, Papá me hacía sostener la caña y tirar.

En el 1998 mamá moría a causa de un derrame cerebral. Papá dejó la pesca, con lo que le gustaba. Y se pasaba los días sentado en los restos de un gran tronco, frente al cementerio. No recuerdo la de veces que fui a por él. La de veces que intenté explicarle que allí sentado, frente al cementerio no haría que Mamá regresara. Nunca quiso, mi Padre, que viese sus lagrimas. Por eso, cuando quería llorar, iba allí, y se sentaba en aquel tronco. Me decía: Vete tu, yo ya voy para casa. Yo tenía 25 años recién cumplidos. Estudiaba arquitectura en Madrid, donde compartía piso con tres chicos más. Papá y Mamá se quedaban sólos, y el año en que Mamá murió le dije a mi Padre que dejaba la carrera para quedarme con el, no quería dejarle sólo con aquella tristeza. Le dije: Papá, mira, podemos hacer muchas cosas: iremos a pescar ¿recuerdas?, aún conservo la caña que me regalaste, la que hiciste con tus propias manos, quiero volver a usarla.
Papá sonrió. Me dijo: Echo de menos a tu madre hijo, tanto que no se si seré capaz de superar su ausencia. Le dije, que juntos lo superaríamos. Que yo también la echaba de menos, y que había llorado a solas, muchas veces, su ausencia, como él.
No quiso que me quedara en Asturias con él. Empezaban las clases y le dije seriamente, que quería dejar la carrera y quedarme a vivir en Asturias: trabajar en el campo, o en cualquier otro sitio.Él tranquilo y sereno, me dijo: No. No te vas a quedar aquí conmigo. Aquí no tienes futuro, hijo. Tiene que terminar tu carrera. Ya vendrás en vacaciones, e incluso, cuando termines la carrera quiero que vengas, tenemos que construir aquella cabaña que un día prometimos a Mamá que haríamos, ¿te acuerdas?. Aún así quería quedarme. Pero Papá tenía razón. En Asturias, en ese pueblo, a pesar de ser precioso y de gustarme tanto, no tenía futuro. Por eso me fui. Prometiendo a Papá que volvería en Verano, y que construiríamos la cabaña.

Cuando llegué a casa de la facultad, uno de mi compañeros de piso se acercó a mi, con el gesto serio y la mirada pérdida. Y me dió la noticia: tu Padre ha fallecido, lo siento - me dijo susurrante-. Enterraron a Papá cerca de Mamá. Como él quería. Cuando entré en casa hundí mi mano en el sofá donde Papá se sentaba. Pude verlo allí, contando las batallas de pesca, hablando de Ernesto y familia. Luego, entré en la habitación que Papá pasaba tiempo, construyendo cosas. Sobre su mesa de trabajo estaba mi caña. Pero ya no era una caña pequeña, era una caña más grande. Entonces entendí: Papá había hecho una caña de pescar más grande para mi. Íbamos a pescar en Verano, cuando yo regresara de Madrid. Vi también, en su mesa, unos planos muy bien hechos, pues al estar estudiando arquitectura había aprendido bastantes cosas ya. Vi los planos. Tan bien hechos. Los doblé y metí en mi bolsillo.

Meses mas tarde, construí una cabaña como Mamá y Papa querían. Solo me faltaban ellos dos allí para que todo fuese perfecto.
Cogí la caña de pescar que Papá me había hecho con todo el amor y cariño.
Fui a pescar donde siempre.
Me senté y lancé la caña. Y cuando la sostenía fuertemente con mis manos pude ver una pequeña inscripción, grabada a fuego, sobre la madera: "Mi pescador de sueños, mi hijo. Con mucho amor, Papá".
Dentro de mi se desató una tormenta, y no se cuanto tiempo estuve allí pescando, y escuchando en mi interior la voz de mi Padre, diciéndome una y otra vez: "tira, tira, campeón, que ya lo tienes".

Su pescador de sueños. Gracias Papá.

Las pequeñas cosas


Últimamente vivo con más intensidad las pequeñas cosas. El simple hecho de caminar por la calle escuchando música me provoca una sonrisa. Me intereso más por lo que me cuenta la gente, y exploro más allá de sus palabras, hasta encontrar la verdadera esencia.
Siempre me han gustado las cosas bien hechas: la casa bien limpia, el trabajo bien hecho, el amor verdadero, la sinceridad bien sincera. Por eso, a veces, creo que soy una de las personas más paranoicas que existe. No se si alguien más, a parte de una servidora, se queda embobada mientras trabaja mirando la pantalla, con una sonrisa de oreja a oreja observando lo bien que le ha quedado trabajo, o lo pronto que lo ha terminado. No sé si por gustarme tanto la limpieza, llego a rozar la obsesión. Y tampoco sé, si de tanto hablar de amor, me quedaré sin el.

Hoy por hoy me gusta ser como soy, y disfrutar de las pequeñas cosas, y sí, no me refiero al chiste: un pequeño yate, una pequeña mansión, un pequeño A3, etc. No, a eso no.

No tengo miedo de la muerte: tengo miedo a morirme.

Sí. No le tengo miedo a la muerte. No siento miedo cuando la incertidumbre de cómo moriré me incita a imaginarme cosas. Se que el día que la muerte venga a por mi, me iré sin sentir miedo, y espero que tampoco, dolor. Yo a lo que tengo miedo es a morirme. A dejar de existir. A no verte más. A no escuchar más tus besos, ni probar nunca más tu saliva. Yo tengo miedo a que me dejen de recordar. A dejar de existir para siempre. Tengo miedo a morirme, a irme del mundo. A dejar de respirar cada mañana el aire contaminado de esta gran ciudad. Morir y no poder escribir nunca más. No quiero morirme y perderme momentos en los que la gente hablen de mi, o incluso escriban. Tengo miedo a morir, y que mi Madre llore día si, y día también, por mi ausencia. No quiero que mi muerte cause también dolor en otras personas. Me da igual la forma en que muera, como dije antes, no le tengo miedo a eso. Pero siento pánico cuando pienso que el día que yo muera dejaré de existir, para mi la muerte significa una despedida para siempre, un adiós que no se dice, un "ya nos veremos" que nadie entiende.
Aún así, prefiero morir yo, a que mueran mis seres queridos. Mi abuela murió hace 10 años y yo aún lloro cuando nadie me ve, su ausencia. No me quiero imaginar que le ocurriese algo así a alguno de mis seres queridos, ahora. Y es que no solo tengo miedo a morirme, tengo miedo a que se mueran los demás. Y lo que es peor, no poder hacer nada.

Una vez leí : que la muerte no era más que el primer paso hacía nuevas vidas. Es decir, que desde que mueres, vuelves a existir: en otro cuerpo, con otro nombre, en otra ciudad. Lo que pasa que no lo recordamos. Quiero pensar que esto es verdad. Quizá así, poco a poco, vaya sintiendo menos miedo a morir.
Y es que morir tenía que ser como nacer, igual que sales del cuerpo de tu madre, y lo primero que ves son sus ojos y su sonrisa, y lo primero que hueles, es su piel. Pues con la muerte, lo mismo, teníamos que morir en el regazo de nuestra madre, mirando sus ojos, su leve sonrisa e inundados con su olor.
Pero por ley de vida, nuestros padres han de morir antes que nosotros, los hijos. No quiero pensar en ello, solo de pensarlo y escribirlo ya siento vértigo.
Sólo sé que no me quiero morir.
Si, he visto mucha televisión sobre Barajas. He leído todos los periódicos sobre Barajas. Tengo aún el alma desgarrada, por lo de Barajas, y eso que no conocía a ninguno de los pasajeros o familiares afectados por la tragedia. Sin embargo, desde ayer, cada vez que como algo me sienta mal.
Y el día 1 de Septiembre cojo un avión. No quiero morir: tengo muchas cosas por hacer.


Barajas ardió

Mama voy a subir al avión en diez minutos. Venga, dentro de una hora más o menos, nos vemos. Chao.

¿En Madrid? super bien, ya verás la de ropa que me he comprado, ah, y ¿quedamos esta tarde para ir al cine? Dile a Marcos que se venga, a ver si me decido y le doy ya un beso. Bueno te dejo, que voy a subir al avión. Besos.

¿Cómo? ¿Qué queda poca comida? pues ve a comprar que esta noche quiero ver contigo en el Dvd una película que he comprado en Madrid. Venga, hasta ahora. Que si, que sí (risas) yo también te quiero. Ahora nos vemos, que subo al avión.

Ana, soy tu abuela ¿no me reconoces? (risas), te llevo un regalo. ¿Vendrás a recogerme al aeropuerto con papá?. Ay, que miedo me da al avión hija. Dile a tu padre que se ponga, besos hija. Antonio, hijo, que subo ya al avión. Te llevo eso que me pediste, que soy vieja, pero conservo la memoria aún. Te dejo hijo, que al parecer ya tenemos que subir al avión. Hasta dentro de un rato.

Hola! Que no mamá, que aún no hemos subido al avión. Y dale, que pesada eres ¿eh?. Nos has llamado ochocientas veces por teléfono. Que sí, que lo llevamos todo. Tranquila mamá, que nos vamos a Canarias, no a Rusia. Que sí, que hemos cogido algo de abrigo, por si acaso. Pero ¿mamá? que vamos a Canarias, que allí seguro que hace mucha calor. Venga mamá, te dejo, que vamos a subir al avión. En cuanto lleguemos te llamo. Adiós.


مَتى تَذْهب الى الجامِعـة
أذْهَب الى الجامِعة في التاسِعـة صَباحا.
. ماذا تَدْرُس؟
أدْرُس اللغُة العربيـــة.

كَيْفَ تَذِهَب الى الجامِعـة؟


Pero que estés en el aeropuerto ¿eh?, puntual. No, mi amor, déjate de bromas,en serio. Mira que no me caso contigo ¿eh?, que aún estoy a tiempo. Oye, que llego en una hora o así. Te dejo que embarcamos. Te quiero nene.


Oye, estoy dentro del avión. Hemos intentado despegar pero no podemos. No sé, estamos aquí, parados. Y ahora según han dicho despegamos. Bueno, corto, que no se puede hablar por teléfono. Hasta ahora. Que sí, tranquila. Todo va bien. Besos.



Si, hoy barajas se ha quemado. Nos ha quemado a todos por dentro. La vida de muchas personas se ha consumido. Se han asfixiado sus almas, se han quemado vivos mientras nosotros ajenos a todo, seguíamos con nuestro trabajo, con nuestro almuerzo, con nuestras vidas.
Y sí, se que millones de niños mueren de hambre. Sé que muere gente en las guerras. Que gente inocente muere cada día, en el mundo.
Pero hoy quiero rendir homenaje a todas las personas que iban dentro de ese avión, cargados de planes, ilusiones y promesas. Y se han quedado ahí, dentro de un avión, para siempre.
La vida es injusta. El destino es injusto. Y escuchar a tu hermano, hermana, padre, madre, novio, novia, hija, hijo, abuelo, abuela, nieto, nieta, sobrina, sobrino, primo, prima, por última vez, por teléfono. Escuchar como te dice que ya mismo os veis. Y no veros jamás. El sufrimiento y la perdida de ese ser querido no se compensa con nada

Vuestros familiares no os olvidaran, nunca.

Esta canción va dedicada a ellos:



Corazón y setas

Será que voy despistada. Será que no estoy al corriente de según que cosas. Será que aún no me ha dado un ataque al corazón en mitad de un centro comercial o he sufrido un desmayo. Será....

Hoy he descubierto una máquina que a simple vista lo primero que lees es: TELEFONICA, por lo que piensas que es una cabina, o una expendedora de tarjetas de recarga para el móvil. Pero no. Si te acercas bien lo verás: es ni más ni menos, que una máquina de primeros auxilios la cual contiene una caja con lo necesario para reanimar a alguien en caso de infarto o desmayo (hasta que llegue el 061, claro). Lo puede utilizar cualquier persona para socorrer a otra. Que digo yo, que si esta máquina se puede utilizar también, cuando tu pareja te deja en mitad del centro comercial, y quedas inconsciente, y tu corazón comienza a romperse. Que no te extrañe ver a gente en ese estado, frente a esta máquina.

He aquí la máquina:


Pero el descubrimiento del día, sin duda alguna, ha sido el de hace apenas una hora. En el portal de casa, cuando he mirado al techo y me ha parecido ver colgando unos cables. Pero no. No eran cables. Eran setas. Sí. Al parecer mis queridos vecinos han decidido que eso de plantar marihuana no: mejor setas, para hacerlas a la plancha. Bien ricas que están. Le he hecho una foto con el móvil, pero ha quedado mal, porque me temblaba el pulso de la risa, y no enfocaba bién, mañana me bajo la cámara digital y le hecho una buena foto. Ya me estoy imaginando a la vecina del tercero subida en las escaleras y con la cesta de mimbre recogiendo setas del techo.

El cultivo de setas:



En fin.

Palabras desordenadas




Es una página que te permite crear con cualquier texto algo parecido a lo de arriba. Es cuestión de que si os gusta, le echéis un vistazo. Y nada, a hacer el vuestro.

El vagabundo de las estrellas

Dije que si terminaba de leer el libro "El Vagabundo de las estrellas" de Jack London, y me gustaba (más de lo que ya me estaba gustando), os lo recomendaría. Pues bien, justo hoy lo he terminado, y no sólo lo recomiendo, sino que creo que es un libro que no debes dejar de leer. Cuando lo estaba terminando, cuando me faltaban solo tres páginas para llegar al final, empezaba a echar de menos al personaje, al protagonista. Porque desde que comienzas a leerlo vas cogiéndole cariño, ya que a lo largo del libro no para ni un sólo instante de sorprenderte y de enseñarte cosas nuevas. El libro contiene un mensaje, el cual, no quiero desvelar puesto que si lo desvelo os jodería a más de una persona el final, y claro, quizá alguien, después de mi recomendación, esté dispuesto a leer el libro. Así que tal mensaje me lo guardo para mi. Sí tú que me lees, te ánimas a leer el libro ya me contarás. Bueno, ahora que retomo mi afición, por la lectura, creo que os iré recomendado más de un libro. Incluso puede, que algún día no muy lejano, os recomiende el que estoy escribiendo, que por cierto, ayer me entraron varios escalofríos mientras escribía uno de los capítulos, al imaginarme lo que estaba escribiendo, en un libro físico, con la portada diseñada por la mejor pintora que conozco: mi Madre. Y el prologo escrito por una gran persona, admirado amigo, que también escribe. Me imaginé la sensación que podría llegar a experimentar al vender el primer libro, el segundo, o el tercero, y como una tonta me puse a llorar y no pude terminar de escribir el capítulo. Maldita sea. Pensaba que era fuerte, y no. No lo soy.

Hablando de despedidas

Vengo a decirte que todo ha terminado.
No pienses que la vida termina aquí. La vida acaba de empezar. Piensa que la vida, tu vida, y la de todos, es un ir y venir. Gente que se queda en tu vida por un tiempo y luego se va. Quizá yo hoy venga para decirte que me voy. No llores. Siempre llegará alguien a tu vida. Alguien a quien le dirás que es lo mejor que te ha pasado en mucho tiempo. ¿Y dónde habré quedado yo, lo nuestro?. Es sencillo: todo permanecerá grabado en tu memoria, grabado a fuego en tu piel, y grabado en cosas materiales que quizá algún día toqué, o te regalé. Que no te angustie esto. ¿Te ha pasado alguna vez?: el tener un libro que te encanta entre las manos y querer terminar de leerlo para saber su final, pero a la vez, no quieres que el libro termine, y cuando termina, eres consciente de que se ha terminado, te quedas con todo el aprendizaje, con todas las sensaciones que ese libro te ha aportado, y luego con cuidado, guardas el libro en un lugar de la estantería, donde cogerá polvo. O lo prestarás a alguien para que como tú has hecho, pueda disfrutar de un buen libro. Esto es igual. Yo soy ese libro que ha terminado en tu vida. Puedes perderte entre sus páginas. Puedes, si quieres, llorar sobre las páginas, mojarlas y romperlas. Pero no voy a volver. Como no volverán a ser nuevas para ti las páginas de un libro que ya has leído con sumo interés. No salgas corriendo cuando te hablo. No dejes que el miedo se apropie de tu pensamiento.
Te estoy diciendo que me voy. Que se ha terminado este absurdo caminar sobre cenizas de lo que un día ardió y cuyas cenizas ya sobrevuelan hoy por la ciudad. Se pierden. Dime adiós, amor, pero dime adiós con un beso al aire, con la esperanza de que todo me marche bien. Yo, te deseo lo mejor. Y se que lo tendrás. Una vez lo pasaste mal, y aparecí yo, para rodearte de besos y amor.Pronto conocerás otra persona que te dará mil veces más que yo. Esto es así. Vive. Solo tienes una vida, que es esta. Cuando tu pensamiento se llene de mi, recuerda aquellos días, cuando lo más importante era ver tu sonrisa, cuando torpemente te cogía la mano y te susurraba un par de te quiero, al oído. Acuérdate de mi, pero cuando lo hagas, hazlo bien. Nunca me maldigas, ni pienses que estoy con otra persona que no eres tú. Eso solo hará que tu enfado con el mundo y conmigo aumente, créeme, yo pasé por eso más de una vez. Se muy bien lo que es.
No bajes la cabeza. No llores por mi. ¿Acaso crees que merezco una sola gota de tus lágrimas?. No lo merezco, amor. Yo no voy a llorar, voy a guardar todas mis lágrimas, para esta noche, cuando me tape con la fina sábana y busque tu cuerpo por los huecos vacíos de la cama, y no lo encuentre. Entonces lloraré, porque solo en ese momento seré consciente de que te he perdido y nunca más te volveré a tener conmigo. Esto es un paso más, de los muchos que a lo largo de la vida tendremos que dar.
Camino hacia la puerta. Ya tengo listas las maletas. Huele a despedida. A besos que se van. Al recuerdo de tu boca buscando salida por mi boca. Se despide mi cuerpo, mi alma, sin embargo, se quedará unos días más vagando por esta casa, y por tu cuerpo. Tranquila, mi amor. Deja de llorar, o navegaré contigo por este mar salado que a la vez que nos aproxima, nos separa. Me voy. He dejado la cena preparada, con lo que a ti te gusta. Y he encendido el televisor con nuestra serie favorita, son las nueve, va ha empezar. Se hace tarde, me voy. Me llevo todo el vacío que pueda dejarte, conmigo, pues como te dije, no lloraré ahora, para poder llorar luego cuando no estés y no puedas ver como me flaquean las piernas, como me ahogo con mi propio llanto, o como suspiro y grito tu nombre al sordo eco de la habitación vacía.
Pero como todo, se pasará. Dejaré de llorar , y tu también lo harás. Y un día entenderás todo esto que hoy te digo, y que quizá tu tengas que decir en algún momento de tu vida, a alguien.

Los besos y lo caro que es todo

De pequeña, me cuenta mi Madre, que me quedaba mirando a las parejas cuando se daban un beso. Que si paseábamos por la calle, hacía que se detuviese conmigo, para mirar a las parejas en los parques, en mitad de la acera, en cualquier tienda, a ver como las parejas se besaban. Y que luego, al llegar a casa, juntaba las bocas de mis muñecos, y sonreía.
Me cuenta mi Madre, que en casa, cuando cambiaba el canal de televisión yo siempre gritaba, que parase, cuando salía alguien besándose. Tenía cierta afición por los besos: por el amor. Es decir, que no es de extrañar, que casi todas mis historias estén llenas de amor y también de desamor.
De pequeña (lo recuerdo) pensaba que todo el mundo se quería, y se besaba. Yo pensaba que cuando fuese mayor, también tendría alguien a quién besar y querer. Y te vas haciendo mayor, y ves que ese beso no llega. Mi primer beso fue a la portada de una revista de belleza, en la que salía la cara, bien grande, de Maribel Verdú. Desde ese momento me enamoré de esa mujer. A escondidas, buscaba en la televisión películas suyas, para verlas. También a escondidas de mis Padres. Ya que, Maribel Verdú, en todas sus películas salía ligera de ropa, y en la mayoría de escenas, follando. Con lo cual, me las tenía que ingeniar para poder ver las películas de otra forma. Y un día se me ocurrió grabar la película en vídeo. Recuerdo esperar impaciente a que mi Madre se fuese a trabajar, para poder verla. Y recuerdo tener que quitar la película cuando alguno de mis hermanos se asomaba a la televisión a preguntarme qué veía.

También recuerdo llorar al darme cuenta que jamás podría tener a esa mujer, ni en mis labios, ni en mis manos. En ninguna parte. Esa mujer era un trozo de papel frío que yo me acercaba a los labios, para besar, y cuyo beso se perdía justo en el momento que lo daba, porque ese trozo de papel, no sentía, ni me miraba, ni me decía que me quería o deseaba. Tiré la revista a la basura, tras tenerla escondida bajo mi colchón durante un año. Cuando la tiré, supe que existiría un día en que una mujer, de carne y hueso ,llegaría, y llego: vaya si llegó.

He vivido historias de amor, quizás las más hermosas. Siempre siento envidia (sana) cuando mis amigos me cuentan que llevan varios años de pareja. Cuando me cuenta que tienen casa propia,y que mañana les terminan de amueblar la cocina. Siempre he sabido que era eso lo que yo quería, y quiero.
Hacer años con tu pareja, es posible, que con amor, dedicación y paciencia, se consiga. La casa propia, imposible (pero no para todo el mundo) he estado mirando, (por mirar) y comprar un piso no es viable porque no es que sea caro, es muy caro. He mirado alquileres, (por mirar también) y está el típico piso antiguo, feo, con todo viejo y roto, no por mucho menos de 1000 euros, eso sí, en el que no aceptan animales, es porque no está amueblado, y el que no, piden aval, fianza, tus últimas doce nóminas, tu historial amoroso y hasta un bote con una muestra de tu sangre. En fin. Muy difícil. Eso sí, a partir de 1500 euros, tienes un piso, en el centro, nuevo, muy bonito. Pero claro ¿cómo se paga un alquiler de 1500 euros?. Ah sí, claro, es sencillo, esperando a que me suban el sueldo,y luego, dejándome todo el sueldo en el alquiler.

Si es que me tenía que haber quedado pequeña, con unos 5 años, mirando como las parejas se besaban en los parques, me hubiese ahorrado muchos quebraderos de cabeza.




Una historia de tantas

No te gustaba que hablase de ti en mis historias. Decías que lo nuestro tenía que quedar entre tu y yo, que no te gustaba que compartiese nuestras cosas con gente desconocida. Yo a escondidas escribía sobre ti. La gente me preguntaba por ti, y les contaba que te quería. Me decías que me querías: me mentías. Y yo buscaba tu cuerpo para revolcarme con el. Tu olor se colaba por los poros de mi piel y el sonido de tu voz permanecía en mi durante todo el día. Un día se terminó la ternura. Ya no me esperabas a la salida del trabajo. Siempre excusas para tapar mentiras. Lo que ocurre es que tu las tapabas con las hojas secas del parque y las hojas se volaron. Como volaron tus te quiero por la ventana, el día que no pudimos salvar nuestro barco, y se hundió.

Salí a la calle para desatar mi furia en los bares, para patear las farolas, para maldecir a la gente, a las parejas que se besan en los parques, a los hombres con maletines llenos de mentiras para su familia, que les esperan en casa con la mesa puesta. Tiré el rencor en el patio que se comunicaba con todas las ventanas de la casa.

Esa noche hice la cena : olvidando que no te gustaba el guacamole , y esa noche no comiste. Me miraste con cara de pena. Y yo aunque sabia que el barco se hundía hacia como si achicase agua, una y otra vez. Y tu te reías de mi: mirando como me ahogaba lentamente ¿verdad?.
Te ponía caras sonrientes en el espejo del baño.
-Ya no escribes cosas tristes -me decías-.
Tu no sabías que eso era lo único que escribía.
Pero para ti era la fuerte, la dura, la del corazón duro . Estabas equivocada. Nunca leíste nada mio, para ti hubiese sido demasiado triste.

Por eso, el día que me fui de casa, llené las paredes con pos-it de colores con frases positivas y alegres. Creo que te pasaste leyendo más de 1 hora y media. Me llamaste. Me dijiste: vuelve. Te dije que no. Que todo era mentira. Y no me escuchabas (como siempre), contabas los pos-it que aún colgaban de la pared y los juntabas todos haciendo un pequeño libro con ellos. Te revolcabas en una mentira. Y esperabas mi vuelta. Nunca volví.
Pero pronto alguien ocupó mi cama. Puso su cepillo de dientes en mi vaso de plástico rojo. Y te llenó la habitación de nuevas mentiras.
Me volviste a llamar : te echo de menos.
Pero yo a ti no.
Deja de mentir, te dije un día en el que ya todo me daba igual.
Comenzaste a llorar: fue la única verdad en 5 años y medio.
Ese día, lloré contigo.

[ escrito el 25-09-07. Y lo he querido rescatar, porque este texto tiene una larga historia]

Llegar a vieja

En la peluquería había una señora muy mayor, en su silla de ruedas. Con pelo blanco, igual que su piel, y muy delgada. La mujer solo mira a su alrededor. No habla. Ni con la que parece ser su hija, la cual no quita ojo de una revista del corazón. Yo miro a esa señora, y la señora me mira a mi. Me ve allí sentada, al lado de mi pareja, y no sé que piensa.
Cuando se disponen a llevarla al lava cabezas, la mujer intenta levantarse, pero sin la ayuda de su hija no puede. La peluquera coge una especie de cajón y un cojín para colocar encima de la butaca del lava cabezas, porque al parecer, como la mujer es tan pequeña, tan poca cosa, no llega. Le colocan el cajón, y encima el cojín. Ahora subir a la señora mayor sobre el cojín es algo complicado, ni la peluquera, ni la hija juntas lo consiguen. Yo miro, con intención de acercarme y preguntar si puedo ayudarlas. Pero opto por no ir, al ver, que la peluquera ha desistido y que ha bajado un poco el lava cabezas hasta la altura de la nuca de la señora. Por fin - pienso -. Yo hubiese hecho eso hace rato.

La hija de la señora, mira a su madre con infinita ternura, mientras la peluquera le lava la cabeza. No se separa de ella ni un sólo instante. Le habla de lo guapa que la van a dejar, del color tan bonito que le van a poner en el pelo. Y la mujer parece que sonríe, pero siempre sin decir nada. Por lo que deduzco que esa mujer no puede hablar. Y con esta escena comienzo a pensar en lo que supone llegar a vieja. Cuando yo sea vieja no podré ir sola a la peluquería. Y tendrán que colocarme algo en el trasero para poder llegar al lava cabezas. Y me imagino que quizá me cueste hablar, o no hable, como esa señora. Y me imagino a mi hija mirándome con exquisita ternura. Y recordaré lo fácil que era, cuando era joven, acercarme hasta el lava cabezas yo sola, y echar mi nuca para atrás, llegando a cualquier altura. Lo que era poder protestar por el agua si está demasiado fría o demasiado caliente.

No se si es creíble o no. Pero he sido vieja durante unos segundos mientras miraba como esa señora luchaba por subirse en ese cojín, que parecía estar a varios metros de altura. Y por un instante me he mirado en el espejo y me he visto tan joven y tan niña que me he sentido egoísta.

Terraza

Estaba escribiendo en el ordenador, descalza, y sentada en una silla muy incomoda. En pantalones cortos y camiseta de tirantes. Eran las 8 de la tarde, el sol se despedía del día. Me gustaba salir a la terraza y mirar los coches que circulaban por la autovía. Se veían tan pequeños. Siempre me preguntaba por el destino de cada uno de ellos, allí, cuando me invadían aquellas ganas de conocer lugares nuevos, personas diferentes, o un amor.
Aquella terraza tenía algo mágico. En ella había sido feliz muchas veces. Sentada en el suelo de esa terraza he tenido las conversaciones más interesantes por teléfono. He llorado, también, allí sentada. E incluso, allí, en el suelo sentada o tumbada, he estado acompañada de alguien a quien he sido incapaz de no besar. Aquella terraza estaba fría, muy fría en invierno. Y caliente, muy caliente en verano. Pero en invierno, si le daba el sol durante el día, te podías sentar y calentar todo tu cuerpo. Y en verano, por la noche, si te sentabas, te refrescabas entera.
Recuerdo haberla llamado por teléfono, en noches de luna llena, cuando nos separaban un montón de kilómetros. Y recuerdo haber atravesado el tiempo, el espacio y la distancia, allí tumbada en aquella terraza, mirando al cielo con los ojos cerrados. Recuerdo haber dejado mi cuerpo sereno, tumbado en el suelo helado o caliente, y haber viajado hasta su lado. He podido pasar mis dedos cerca de la comisura de sus labios. Y lo más increíble, o difícil de creer, es que ella también me sentía a su lado. Allí, desde su sofá rojo, donde tantas veces yo le habría cogido la mano con fuerza y la habría besado, en silencio, otras tantas.

Aquella terraza pertenecía a mi habitación, y puedo decir, que pasé más horas en ella, que dentro de mi habitación, donde os aseguro que he pasado horas y horas, escribiendo frente al ordenador. Y hoy me vienen recuerdos. Me llegan imágenes de la vistas que desde allí se podían contemplar, si cierro los ojos y me concentro, puedo incluso escuchar el ruido de los coches circular por la autovía. Y si me concentro más aún, puedo llegar a creerme allí sentada, sintiendo el frío o el calor en mi trasero. Puedo percibir incluso olores: el olor a baldosa mojada. O el olor de la ropa recién tendida.

A veces quise saltar desde aquella terraza, si no hubiese sido, porque estaba demasiado cerca del suelo. Otras, solamente me sentaba en un rincón a llorar, o a echar de menos a alguien. El día que me fui de casa eché de menos la terraza. Porque, es difícil de explicar, pero en las noches de verano de Agosto, cuando el calor nos asfixia el cuerpo y el alma, salías a aquella terraza y respirabas aire limpio y fresco. Era en noches como esas cuando sacaba el colchón y dormía sobre el, en la terraza mirando las estrellas. Aquella sensación, no se explicarla, con palabras. Tendrías que haber estado conmigo allí, tumbado boca arriba sobre mi colchón, entonces me entenderías.
Y pensaba que era yo únicamente quien sentía aquella terraza como "especial", pero cierto día, varias personas me hablaron de lo mismo. Personas que como he contado anteriormente estuvieron conmigo allí sentadas, en el suelo frío o caliente.

Hoy no tengo esa terraza. Tampoco tengo para pagar esa hipoteca. Hoy tengo otras cosas, que podría decir que superan a esa terraza y a todo lo que allí aconteció. Sin embargo, en Septiembre, cuando vuelva a casa, subiré las escaleras de tres en tres y la primera noche me tumbare en aquel suelo (supongo que seguirá siendo fresquito en noches de verano) y miraré las estrellas. Y te llamaré. Y volveré a ser aquella niña de 19 años que enamorada, hablaba por teléfono, a los mismos kilómetros de distancia que años atrás.
Lo que cambia no son las cosas, porque las cosas siguen estando ahí. Lo que cambia somos nosotros y nosotros cambiamos las cosas.


Posdata

Me contó que desde que tuviese pareja, dejaría de escribir a diario, poco a poco, hasta dejar de hacerlo por completo. Que mis escritos perderían todo el encanto. Que ya no sería la eigual que todo el mundo desea leer, conocer, e incluso tener en su cama.

-Dudo mucho, que alguna persona de las que me leen, quieran tenerme en su cama -le dije-.

Ella se echó a reír. Como si lo que hubiese dicho fuese la cosa más estúpida del mundo. Y siguió insistiendo durante un rato.

-Te lee mucha gente. Entre toda esa gente me incluyo yo. Te leo desde el año 2000. Te he seguido a lo largo de tus tres blogs, no ha habido ni un solo día que haya dejado de leer tus historias, tus tristezas y alegrías, tus derrotas, o tus triunfos. Llevo ocho años de mi vida leyéndote, eigual. Te conozco más que tu misma. Así que ¿crees lo que te digo, ahora?.

Le dije que no la creía. Me contó que hubo una época en que imprimía algunos de mis relatos y poemas. Y que antes de disponerse a dormir los releía, a la luz de su lamparilla. No te imaginas cuantas veces deseé tenerte conmigo en la cama, no por sexo, no creas, solamente tenerte a mi lado y que fuese tu voz la que me leyese en el oído -me dijo-.
He de confesar que aquellas palabras me entumecieron los labios. Y que yo, de no haber tenido pareja, la habría besado en ese preciso instante. Pero yo tenía pareja. Y me gusta ser fiel. Ella, antes de despedirse de mi, me dijo que todo lo que me había contado era cierto, aunque conociendo lo cabezota que yo era, no la creería.
Esa noche pensé en ella. En todo lo que me había dicho. Desperté en mitad de ensoñaciones extrañas, sudando y con un dolor fuerte en el pecho.
Busqué el cuerpo de mi chica y la abracé fuertemente.

No sé si lo que esa chica me contó fue cierto o no.
Lo único que sé es, que de vez en cuando recibo e-mails de amor, con preguntas extrañas, y siempre con la misma posdata: Me gustaría ser la chica, de la que hablas en tu blog.

Leer, leer, leer

He comenzado a leer el libro: "El vagabundo y las estrellas" de Jack London. Desde que comencé a leerlo, no he podido dejar de hacerlo ni un sólo día. Y por la mañana, camino al trabajo, voy leyéndolo. Bajo las escaleras del metro leyendo. Me subo al metro leyendo. Camino hasta el trabajo leyendo. Cruzo los semáforos leyendo. Subo hasta el trabajo leyendo. Y mientras estoy trabajando, sin que nadie me vea, ojeo la página siguiente hasta que noto que alguien me mira, o intuyo que mi jefa viene y paro de hacerlo. Porque además, como conté, en Agosto hay bastante trabajo en mi empresa, porque la gente se va de vacaciones, y no hay tiempo para entretenerse.
Os recomendaría el libro, pero aún no lo he terminado, y aunque lo que estoy leyendo me esta encantado, y enseñando muchas cosas, tampoco quiero aventurarme y deciros que es un libro que no podéis dejar de leer (aunque aviso, que por mi, ya lo diría). Cuando lo termine, ya os cuento.

He de confesar algo, hacía tiempo que no leía. Y creo, que me estoy volviendo a reenganchar a la lectura. Porque no todo va a ser escribir y escribir. También debo de leer, un escritor también crece leyendo, además de escribiendo. Hace días que no tengo casi nada que contar. Hace días que no se me ocurren historias que merezcan la pena ser contadas. Lo siento mucho.

Me siento algo cansada. Paso mucha calor por la noche. Llevo dos días con gases en el estómago, que os prometo que duele mucho, y el dolor se extiende por la pierna. Hace días que solo miro a la gente, que me fijo en todo, como intentando sacar historias de las personas y las situaciones. Hace días que mi jefa me parece muy guapa. Que mi compañera de trabajo y yo compartimos secretos. Hace días que contemplo a uno de mis compañeros, y ahora entiendo porque cada día trae un libro, y cada semana uno diferente. Hace días que quiero que llegue Septiembre, porque quiero subirme al avión. Quiero pasear por Granada, sin mal de amores, sin problemas, y con algunos euros en los bolsillos. Quiero ver a viejos amigos e invitarles a unas cañas, mientras les cuento todas las cosas que me han pasado en este último año. Quiero ir a cenar con A y C y decirles que el tiempo y la distancia no ha conseguido ni conseguirá que me olvide de ellas: iremos de tapas, quiero invitarlas a todas las cañas y coca-colas que quieran (les debo tanto). Quiero que vean mis nuevas camisetas, y mi nueva sonrisa. Y me gustaría que todos esos días en Granada, pudiesen guardarse en una caja , para traerlos conmigo a Barcelona y poder vivir cada uno de esos momentos aquí cuando me apetezca. Y de esa forma no sentirles tan lejos. Pero eso aún, no se puede hacer. Pero aún ¿eh?. Todo se andará, digo yo.

No olvido:

Aquellos días pérdidas en una ciudad desconocida.
El dinero que gastábamos en alcohol y helados.
Yo y mi manía por grabar tu tristeza con la cámara de vídeo.
La habitación de aquella pensión, que parecía estar muy, pero que muy lejos de casa.
Los churros con chocolate que no nos comimos aquella mañana.
La postal del faro que compré y nunca le regalé.
Aquella plaza. Aquel faro. Aquel barco.
El papel que te hice escribir y tirar por la borda: con su nombre.
Aquellas certezas que no dejaron de ser certezas.
Las llamadas del Invierno en el auto bus.
Mi felicidad y tristeza, mezclada con tu tristeza y felicidad.
Los cubatas compartidos.
Las mujeres que nunca tuvimos.
Las facturas del móvil.
La calle de las putas.
Y aquella noche en que nos perdimos buscando aquella famosa plaza.
El baño de la pensión, fuera de la habitación, donde no recuerdo haberme duchado.
El auto bus de vuelta a nuestra ciudad.
Tus reflexiones y ojos tristes.
El llegar a casa y encontrarlo todo donde lo dejé.
Quererla a ella y dejarla escapar.
Quererte a ti y verte llorar por ella.
El desayuno de tostadas y zumo de naranja, y tus gafas llenas de pintura.
El sueño por las mañanas.
Las hormonas jóvenes y revolucionadas.
El ruido de la persiana, a las siete y media de la mañana.
El tono de tu teléfono móvil.
Las cañas que te servía, mientras intentabas colar tú número de teléfono en un paquete de tabaco.
El soñar con otro mundo.
Y que ese mundo, años después, fuese posible.

Juegos de pareja

- ¿Si voy a tu casa me prepararás esa lasaña tan rica? -preguntó-.
- Claro que sí. Si vienes a casa te prepararé una de mis lasañas. Tengo helado en el congelador, de chocolate y fresa. Y vino espumoso en el frigorífico, enfriándose -dije-.
- ¿Tengo que ponerme guapa? -dijiste-.
- No, no te tienes que poner guapa, ya lo estás. Ven ya. -contesté-.

Una hora más tarde estabas en mi casa. Al entrar, me das dos besos en la mejilla. Hueles a fresa y nada más verte, toco tu pelo rebelde, que tanto me gusta. Y bromeo con el dibujo de tu camiseta.

-¿No te dije que no te hacía falta ponerte guapa, que ya lo eres? -dije-.
- Ja ja ja.. -reíste-.
-Qué bien huele -dijiste, acercando tu cabeza al horno-.
-¡Qué te vas a quemar la nariz! -dije, tras de ti, acercándome a tu cuerpo-.

Te giraste y me miraste a los ojos. Y tras pasar la palma de tu mano por encima de mi cabeza, suavemente. Me miraste y me preguntaste si podías darme un beso.

-Voy a mirar la lasaña, no vaya a ser, que se queme -dije, mientras me ponía un guante de cocina para abrir el horno-.

Me mirabas, me ponías nerviosa. Yo quería tirar la lasaña al suelo, llevarte hasta la habitación y quitarte esa camiseta que me hacía reír. Pero no voy a hacerlo. Vamos a sentarnos en la mesa, comeremos, beberemos y hablaremos.De ti, de mi, de nuestros días.

Pero todo falla. Y hace rato la lasaña comenzó a quemarse. Hace rato que te estaba besando. Hace rato que mis manos no soltaban tu cintura. Hace rato que tu mano sujeta el pelo que baja por mi nuca. Y hace rato que ambas pensamos en quitarnos la ropa. De hecho, hace rato que hemos caminado hacia la habitación, y estamos tumbadas en la cama. Tu me preguntas por la lasaña . Yo doy un bote y salgo de la cama, y casi desnuda camino por el pasillo, voy hasta la cocina apago el horno, y contemplo en el interior la lasaña carbonizada

-Cariño, la próxima vez que juguemos a este juego, me tienes que recordar que no cocine - te digo-.
-Y tú me tienes que recordar que cierre la puerta de casa cuando entre, creo que los gatos se han escapado hace rato -me dices-.

Así que entre risas y más risas, tiramos la lasaña a la basura. Nos vestimos y salimos al portal, y escaleras arriba y abajo, buscamos a los gatos. Menuda noche nos espera. Eso nos pasa por jugar a este tipo de juegos.



No fue un accidente

Juan despierta con la camiseta blanca de María pegada al pecho.Va a la cocina y prepara café. Se queda un rato con la taza azul de María, en la mano, que va resbalando por sus dedos, hasta caer al suelo y romperse.Juan recoge algunos pedazos del suelo, mientras la cafetera grita. Al servir el café lo derrama, se quema un dedo y grita. Va al baño, saca del armario de espejos el perfume de María y lo llena todo con su olor. En la radio se escucha la canción que ella siempre tarareaba en el baño. Y Juan, después de 10 días, por fin, comienza a llorar. El café se enfría, los gatos juegan con los trozos de taza que quedaron en el suelo. Y la casa, toda la casa, huele a María. Y Juan, como un loco grita por la ventana, grita por la casa. Descuelga el teléfono y grita. Baja hasta la calle, en camiseta y calzoncillos y grita. Sube las escaleras y grita. Los vecinos abren las puertas para ver que pasa. Y Juan los ignora. Grita. Grita. Y grita. Cuando vuelve a casa, todo huele a María. Y Juan cae en el suelo del pasillo. Llora. Llora de impotencia, llora de soledad, llora de amor, llora de desesperación. Va al baño y coge una cuchilla. La apoya en una de sus muñecas y grita. Llama a María y se pregunta ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?. Tira la cuchilla al suelo. Va a la habitación, abre el armario de María, y saca su ropa. La tira por el suelo y se tumba sobre la ropa. Se agarra a la ropa, a los recuerdos, al olor de la ropa, al olor de María. Se levanta del suelo, y camina por la casa, coge una foto de los dos, sonrientes, de cuando todo estaba bien, de cuando María aun no se había ido. Se pega la foto al pecho y llora. Ya no grita, ahora llora su nombre por los rincones de la casa. Enciende la televisión: las noticias de las tres anuncian accidentes de tráfico. Y Juan vuelve a gritar: Mi novia no tuvo un accidente, a mi novia la mataron.
La mató un coche, una persona que respondía una llamada del móvil, y entre risas y despistes, perdió el control del coche y se estrelló contra el coche de María. Ese hombre sigue llamando y recibiendo llamadas, pero Juan no podrá llamar nunca más a María.

Ejem

Sí, ya tengo un año más.

Cumplir años poco ha cambiado, sigo igual que ayer. Bueno, igual, igual, no. Me han hecho algunos regalos que a partir de ahora cambiaran un poco mi vida: más recuerdos y fotos, más música por las mañanas, y alguna sonrisa a principio de mes.
Pero no son los regalos materiales lo que más importancia tiene, sino la familia y amigos, que me han llamado para felicitarme, que se han acordado de que el día dos de Agosto nací y me hago un año más vieja. Me han emocionado algunas llamadas, y algunos mensajes. Porque este año, para mi, era importante que ciertas personas me felicitasen de un modo u otro. Y lo han hecho: algunas con un día de retraso. Otras de forma anónima, que me hace pensar que has sido tú.
Y eso es lo importante. Mañana comienza mi Agosto con mucho trabajo por delante, ya que mis compañeros están de vacaciones. Pero no importa, en Septiembre me tocará irme a mi de vacaciones, de nuevo. Pero ahora toca trabajar duro, cada día. Aunque sea con un año más acuestas.

Aniversario

Si cualquier persona quisiera, aunque solo fuese el tiempo que tardo en caminar por el pasillo, desde el estudio hasta tu habitación, de la forma en que te quiero yo, creo que podría entender porque un año a tu lado es lo más maravilloso que me ha sucedido en mucho tiempo.

Si cualquier persona te escuchase toser mientras tiendes la ropa, se enamoraría de ti y se colocaría de pie en la "cuerda floja" por ti.

Hoy, mientras trabajaba me ardía la garganta. Pensaba que era el calor, algún virus extraño, el cansancio acumulado y que intenta ahogar. Pero no, no era eso. Te voy a contar lo que era:

Un 1 de Agosto le pedí de salir. Ella se acercó a mi oído y me dijo: pídeme de salir, va.... Yo tenía miedo al compromiso. Tenia miedo a volver a poner en juego mis sentimientos, y mi corazón con una relación. Que no quiere decir que no quisiera tener pareja. Pues si quería, pero solo quería que fuese ella.
Me quedé sonriente y se lo pedí (pues a pesar de todo, me apetecía pedírselo), en una famosa teteria de Granada, en el paseo de los Tristes (sitio precioso para vivir cualquier momento). Ese día la garganta me ardió del mismo modo en que hoy ha ardido. Y aún más, cuando llegamos al hotel y no encontré ninguna duda ni en su forma de quererme, ni en su cuerpo. Supe que desde aquel momento le escribiría muchas cosas. Me siento orgullosa de este año. De ella. Y de todo lo que hemos hecho juntas, todo este tiempo.
Y hoy escribo sobre ella. Y mi garganta arde como el primer día que te besé.
Que tontería.
Supe que tus ojos no mentían cuando me declararon su amor y yo pensaba que eso ya no existía. Pero me equivoqué. Como me seguiré equivocando, al pensar, que un día me dejarás por otra. O que un día dejarás de leer lo que escribo.
No me gusta ser cursi, ya lo sabes. Pero hoy te merecías que escribiese algo así.

Fugaz

Ese día caminaba sola: me gustaba perderme por las calles empedradas de Granada. Cuando estoy triste me gusta ir a la calle y mezclarme con la gente, que es sorprendente, porque en Granada la gente se detiene a mirarte a los ojos y aquí en Barcelona no.
Estaba muy triste, y esa tarde me fui de casa para que mi familia no me preguntase por qué lloraba a solas en mi habitación, que como no tenía puerta, no podía cerrarla y llorar tranquila. Me fui a la calle, a pasear por "El paseo del Salón" en dirección "Fuente de las Batallas",estaba anocheciendo. Estaba demasiado sola y demasiado triste. Y mientras caminaba hacia la fuente de las batallas, por la Carrera del Genil, comencé a llorar: sólo yo sabía el por qué.
Me senté en un banco y fue en ese preciso instante cuando escuché esa voz. Esa voz que parecía calmar mi tristeza. Levanté la cabeza, y allí estaba: con su guitarra, y su voz. La gente que pasaba (poca, entre semana, y a esas horas de la noche), le miraban, pero nadie se paraba a escucharle detenidamente.

Ésta era la canción que él cantaba mientras me acerqué despacio y me senté en el suelo, con miedo de hacer el más mínimo ruido:




Y allí sentada escuché esa canción terminar, que desde aquel momento supe que aquella voz, y aquella canción, se convertirían en un recuerdo que en cualquier momento podría hacerme llorar de nuevo.
Cuando terminó de cantar la canción, él hombre quedó en silencio. Yo aplaudí. Y también alguna gente, que sin darme cuenta, se habían quedado de pie, detrás mía. Me levanté y me acerqué al hombre.

- Hola, me ha emocionado mucho la canción, ¿cómo se titula? -le pregunté, intuyendo el título-.

-Gracias (sonrisa). Se llama Fugaz. ¿De verdad te ha gustado? -me respondió con ese tono de voz que te envuelve en calma-.

-Mucho, me ha gustado mucho, ¿cómo te llamas?.

-Juan, Juan Ruggieri, difícil de pronunciar (me decía sonriendo), me puedes llamar Juan.

Y así fue como supe su nombre. Así fue como le conocí. Me quedé un rato más allí, escuche dos canciones más, y me encantó. Sabía que no encontraría a este canta-autor medio desconocido por Internet, así que me acerqué de nuevo y le pregunté si había alguna manera de hacerme con sus canciones. Juan metió la mano en su mochila y sacó un Cd, que de lo cutre que era me encantó. Y digo cutre porque la portada estaba dibujada a mano, en un papel arrugado, y el cd era el típico que puedes comprar en el top manta. Le pregunté a Juan por qué no ponía los Cd's a la vista, para que la gente pudiese comprarlos. Y me respondió que el Cd estaba grabado con muy mala calidad, y que la caja era poco estética. Yo le dije que ese era el encanto, y que no me iba a ir sin llevarme uno de esos Cds. Le pregunté cuanto costaba, y me dijo que pensaba venderlos por 5 Euros. Le 10 euros y me lo llevé.

Recuerdo que se lo hice escuchar a alguien, que me confesó que no hacía mucho tiempo había visto a este hombre cantar en la calle, y que esa canción también se le clavó por dentro.
Esa persona y yo fuimos al día siguiente a buscar a Juan, al mismo sitio donde yo le encontré. Pero ya no estaba allí.
Aquel encuentro había sido tan fugaz, como su canción. Y hoy me he acordado de él y de ella.

Dejé de abrazar la almohada

No me va a hundir, ni me hará sentir "pequeña" los comentarios con insultos, los comentarios hirientes. La mitad de esos comentarios, seguramente, los escribe una persona con la que he compartido una coca-cola, y esa persona me conoció físicamente, pero nunca me conoció por dentro, porque los ojos, a veces, están mas ciegos de lo que creemos. Nadie, ninguna persona, que me diga que no sirvo para escribir, va a lograr que abandone mis sueños. Cada vez que recibo una critica destructiva hacía mi forma de escribir, hacia mi persona, no me hundo, al contrario, crezco mucho y sonrío con esta sonrisa de medio lado que tú quizá nunca veas, ni te haga falta ver.

Estos últimos 5 años de mi vida los he pasado tan mal, he estado tan hundida en la mierda, que no se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo (de tenerlo). He escrito, posiblemente los post más tristes de la historia, mi antiguo blog pudo ser uno de los más tristes de Internet. Pero aquella época terminó, pudiera aún estar ahí, hundida en la mierda, aún más. Pero decidí salir. Y después de dudar entre el suicidio me decanté por la vida, porque sabía que me podían pasar cosas maravillosas. Y no me equivoqué. Menos mal que no me suicidé.

Creé este blog para escribir sobre mi, sobre las personas, sobre el amor. Para escribir historias inventadas. Para escribir algunos poemas. Para darme a conocer un poco más. Y para rodearme de gente buena, y por qué no también de gente mala. De gente que también necesita leer, y escribir para mantenerse vivo. Por eso escribo aquí, y si esta página no es del agrado de alguien, que visiten otras páginas, será que no hay webs y blogs.
Voy a seguir escribiendo aquí. Y voy a seguir escribiendo mi libro, que seguramente publicaré aquí o aquí, a no ser que alguna editorial lo lea y esté interesada. Porque nunca se sabe. Porque esta vida da demasiadas sorpresas.
Yo sigo luchando y sigo escribiendo. Lo hago cada día, desde que despierto. He aprendido a no ser conformista, a hacer más cosas y mejor. Por eso, amigos, a los que me comentáis para bajarme los ánimos, y a los que me los subís cada día, con vuestros comentarios, os tengo que dar las gracias infinitas.
Una vez, estuve sola, hundida, sin nadie a quien abrazar. Solo tenía dos cosas, dos sueños: encontrar un trabajo digno y tener tiempo para escribir.
Ambas cosas las he conseguido. Y, sí, ya no tengo que abrazarme a una almohada, rodeada de silencio y soledad. Ahora me abrazo a un cuerpo. Pues también encontré el amor. Es lo que tiene creer en una misma y tirar hacia delante.
Si fuese tan mala escribiendo, tan mala persona, tan mala en casi todo, a día de hoy no podría escribir lo que he escrito.


Ni estaría tan bien acompañada, de gente, que me llama, que se interesa por mi, por mis cosas, por mi estado de ánimo. De gente que me necesita, que me pide consejos, que me dicen que no deje de escribir, que me piden un poema a escondidas para dedicarlo a su pareja. Yo puedo ser tonta, pero toda esa gente, no tienen ni un pelo de tontos.

Mis amigos

En el instituto yo era la chica rara de gafas que se sentaba en segunda fila a escuchar al profesor. Era la única que se juntaba en el recreo con el chico bajito de melenas, la chica gorda y simpática, y el niño tímido. Nos hicimos verdaderos amigos los cuatro. En invierno, en los recreos, nos íbamos al sol, y contábamos historias. El chico bajito de melenas quería tocar en un grupo de rock, se reía cuando lo contaba, de medio lado, con aquella sonrisa típica de un chico lleno de sueños. A mi me gustaba mucho ese chico, intenté más de una vez emparejarlo con mi amiga, la gorda y simpática, pero no hubo manera, eran demasiado buenos amigos. La chica gorda y simpática quería conocer al amor de su vida, ser ama de casa y tener cuatro perros. Esperaba a su príncipe azul. El chico tímido quería ser bombero, iba al gimnasio porque decía que tenía que ponerse fuerte y mantenerse en forma. Y yo... yo quería ser escritora. Y ellos me animaban. Les leía relatos que escribía durante la clase de matemáticas (de ahí que siempre suspendiera esa asignatura) y quedaban encantados. Sin embargo ahora leo alguna de esas historias que escribía con 18 y 19 años y no me reconozco, me parecen historias muy mal escritas y muy malas, pero muy buenas para aquella época, cuando estaba empezando.
Yo les decía que quería escribir un libro. Y ellos me decían entusiasmados que querían tener uno de mis libros dedicados. Siempre creyeron en mi. Y yo también creía en ellos. Aguanté en aquel instituto, estudiando Administrativo, por ellos, por lo bien que lo pasábamos y porque al fin de al cabo ese título me podría servir para trabajar en alguna oficina, en un futuro.

Y hoy me he acordado de ellos, 12 años después:

El chico bajito de melenas, que quería tocar en un grupo de rock, a día de hoy toca en uno. Que además es bastante conocido. Sigue teniendo la misma sonrisa de medio lado, ha cumplido sus sueños.

La chica gorda y simpática conoció a su príncipe azul, se mudó a Barcelona, y a día de hoy es ama de casa-trabajadora, tiene 3 perros y es realmente feliz.

El chico tímido, ahora viste de color rojo: es bombero. Ha salvado unas cuantas vidas, y tiene tatuadas en su cuerpo algunas marcas de fuego. Es feliz.

Y yo, bueno,.....de mi ya os he hablado muchas veces.

Hoy me he acordado de esos días, de ellos :verdaderos amigos. Muy luchadores.
Esos apodos ( chica rara de gafas, bajito de melenas, chica gorda y simpática, niño tímido) no los he puesto yo, eran los motes que algunos compañeros nos habían adjudicado. Aquellos que se reían de nuestras pintas, de nuestra forma de vivir la vida, hoy en día, el que no tiene hijos a los que no pueden mantener, trabaja infelizmente. Vacío y sin sueños algunos. Aunque he de decir que hubo quien tuvo más suerte.
Una vez me encontré a uno de estos compañeros por la calle, intentando convertirse en mi amigo. Cómo nos sorprende la vida.

La carta de papel

Hola cariño. Sabes bien que no soy de escribir cartas, que no me gusta mi letra. Que me da vergüenza incluso firmar cuando pago con tarjeta de crédito en algún sitio. Pero sin embargo te escribo esta carta. Perdona si la letra no se entiende, te escribo desde el baño del trabajo apoyado en la tapa del váter. Mientras trabajaba me ha entrado el pánico. Un pánico terrible de llegar a casa y no encontrarte. O encontrarte, pero con otro en nuestra cama. Últimamente te noto rara, ya no hacemos nada juntos. Antes, los fines de semana íbamos a los recreativos y yo perdía el poco dinero que me quedaba para terminar el mes intentando coger para ti un muñeco de las máquinas de gancho, y casi nunca te conseguía ninguno y tu te reías y terminábamos volviendo a casa con las manos vacías y el bolsillo también. Y tengo miedo, es más, estoy cagado, cariño, por si llego a casa y no te encuentro.
Por las noches no nos abrazamos en la cama. Tu miras a la pared, y yo cuento los minutos que quedan para que despiertes y poder darte el beso de buenos días. No contestas a los mensajes que te envío, porque dices que tienes mucho trabajo en la oficina, y antes si lo hacías. Ya no. Pienso que ya no quieres tener de pareja a una persona que trabaja sirviendo copas y llenando su ropa de ketchup, que tu mereces algo mejor. Y me entristezco porque es verdad, cariño. Te comprendo. Y sé que si llego esta noche a casa y no estás será lo mejor. Búscate otro hombre: mas fuerte, más guapo, con más aguante en la cama, con mejor trabajo y más dinero. Alguien que no tenga que jugar a una máquina de gancho para impresionarte con un muñeco, que además es feo. Alguien que no te haga mirar a la pared por las noches. Yo quedaré sólo. Te lloraré, porque lloré el día que comenzamos a salir, pues más aún lloraré si me dejas.
Cuando leas esta carta no la guardes. No quiero que nadie más pueda leer esto y se entere del novio que tuviste. No quiero que nadie más piense que perdiste tu tiempo conmigo. Así que rompe la carta, y déjala caer al váter y tira de la cisterna. Antes de despedirme he de decirte dos cosas más: una es que saques tus cosas de casa antes de que yo llegue de trabajar, pero que tengas cuidado de no llevarte por error mi Playstatión 3. Y la otra es, que te voy a dejar yo primero, para ahorrarte arrepentimientos.

Pd: Deja el mando de la televisión sobre la mesa, que luego no lo encuentro.

eigual

Empecé a escribir este blog en una época bastante importante de mi vida. Aquí he escrito poemas y relatos. De la única forma que se. Hace poco me mude a www.escriboaqui.es con las mimas ganas de escribir que nunca. Con nuevos proyectos y sueños. Disfruta de todas las palabras que se quedaron aquí.