Ella, le cogió con sumo cariño y ternura su mano, la mano de la persona con la que cada día construye sus sueños y su vida, y le dijo:
"Nunca dejaré que nada ni nadie te haga daño.Respetaré tus decisiones, porque eres libre aunque yo te tenga tan atrapada en mi corazón, y con tu libertad puedes hacer lo que quieras. Si un día me dices que te vas de misionera, te acompañaré, y viviré contigo el hambre, las guerras, el dolor que produce ver a tanta gente necesitada de comida, amor, y paz. Si algún día no estás tan segura de nuestra relación te dejaré tu espacio y tu tiempo, porque solo un amor como el tuyo y el mio merecen una espera, y una tregua. Si sufrieses alguna enfermedad allí estaría yo para cuidarte, para que nada en este mundo te pudiese hacer sentir inferior, mis manos serían las tuyas, mis piernas, las tuyas, mis ojos tus ojos. Cuando fracases yo te apoyaré, y no te diré lo que quieres escuchar, te diré tan solo la verdad, si aquello fue un fracaso te diré que lo era, y de no serlo te diré que no lo era. Seré tan justa como sincera contigo. No te engañaré, y si tu alguna vez me engañases te perdonaría, porque solo quien sabe perdonar sabe amar. Nunca te pegaré, ni te gritaré, ni te humillaré a solas o delante de cualquier persona. Y si tu alguna vez lo hicieses sabría perdonarlo e intentaría entablar contigo una conversación hasta conseguir vislumbrar en ti el arrepentimiento. Te pediré que te cases conmigo, algún día de estos, no muy lejano, y ojalá me digas que sí, pero si de tu boca saliese un no, no pasaría nada, guardaría todas estas palabras, en una caja de cartón, y buscaría a otra persona que quiera casarse conmigo, porque solo hay una cosa en esta vida que no consentiré y esa cosa es: que no quieras casarte conmigo. Lo siento hija mía, perfecta no podía ser".
Cosas que se dicen
El chico del libro
Hace varios días que veo a un chico, de unos 35 años de edad, sentarse en un banco, a mi lado. Cada tarde, a las dos y media de la tarde llega, puntual, enciende un cigarrillo, y abre un libro y se pone a leer. La primera vez que lo vi sentí miedo, y me cambié de banco. Lo hice sin querer, fue una reacción típica:tu cerebro te ordena algo rápidamente y tus demás extremidades responde, de forma, que no te dejan pensar que coño haces.
El se dio cuenta, debió pensar que soy una racista de mierda.
El chico es ecuatoriano. Ese día, después de aquel mal gesto por mi parte. No dejó de mirarme.Levantaba la vista, cada vez que pasaba una página de su libro, y me miraba. Al día siguiente, como cada día allí estaba puntual. Con su cigarro y su libro abierto. Yo llegaba caminando, cuando lo vi sentado. Creo que pensó que no me sentaría a su lado, porque por la forma en que me ha mirado creo que me ha reconocido: demasiado tiempo mirándome ayer como para no reconocerme.
Me siento. Pero esta vez me siento a su lado, con tres bancos libres a mi alrededor. Es mi perdón, mis disculpas, por lo de ayer -pienso, pero no le digo-.
Saco mi bocadillo, y comienzo a comer. El me mira, con su cigarro en una mano, y el libro en otra.
Esta leyendo un libro, que he alcanzado a leer, a lo largo de todas las veces que le he mirado de reojo: El guardián entre el Centeno de J.D Salinger.
El, que al parecer no tiene ni un pelo de tonto me mira. Me mira, esperando a que yo me gire a mirarle: me mira con la cabeza totalmente girada, y yo de reojo. Al final termino mirándole y el hablándome: Es un libro muy bueno, deberías leerlo -me dice-.
Y yo con la boca llena, inventando que decir. Hasta que le contesto con : "¿Quieres?, es de salchichón está muy bueno". Me responde que no, que ya ha comido, y comienza a hablarme, como si hubiese estado esperando este momento:
"Mis compañeros comen en un Bar cerca de la obra en la que trabajamos, soy albañil, como decís aquí "paleta", ellos comen un menú que sale por 7 euros, "menú para obreros", pero yo no puedo gastar 7 euros en comer cada día. Yo me traigo preparado de casa un bocadillo, que me como en 5 minutos, así luego, tengo tiempo para venir a este banco, y leer, que es al fin y al cabo lo que más me gusta".
Me quedo sin saber que decirle: ahora entiendo el color blanco y sucio en su ropa, su pelo alborotado, sus zapatos viejos y sucios. Es albañil.Sonrío.
Continúa hablando, no sin antes haberme preguntado si me molestaba. A lo que yo respondo que para nada, que no me molesta, que me gusta escuchar:
"Mi familia no está aquí, está en ecuador, ellas quedaron allí, y yo vine a ganar algo de dinero, cada mes les envío la mayor parte de mi sueldo. Yo gano 800 euros, porque soy de menor categoría que mis compañeros, trabajo en negro, me pagan cada mes dinero en mano. Yo no subo a los andamios, mi jefe dice que yo en ningún momento deje de pisar suelo firme, que si me caigo le busco la ruina. Varios compañeros más trabajan igual que yo "de ilegales". Pero es lo que hay. Yo cada mes necesito el dinero para enviarlo a ecuador. Mi familia, con ese dinero hacen maravillas, mi hija estudia, y mi mujer que está algo enferma, cuida de la casa y de nuestra hija. Huí de ecuador con la intención de traerlas aquí dentro de poco, pero la cosa no es tan fácil. Hasta que yo no tenga dinero suficiente, y un trabajo más seguro nada de eso puede pasar. Habrá que esperar.Sí, me gusta leer, mi sueño es ser escritor, pero es un sueño más, como el de traer a mi familia conmigo, algún día."
¿Sabes? -continúa hablando- hace 5 meses trabajaba en un lavadero de coches, mi jefe era Argentino, no te vas a imaginar. Me pagaba 500 euros, por trabajar desde las 8 de la mañana a las 9 de la noche. Sin descanso. Cada día tenía que comer en 2 minutos. El, compraba su comida en un asador de pollos, que había cercano al lavadero, se lo comía delante de mis ojos, sentado en su silla, y apoyado en su mesa, y nunca me preguntó si quería, ni tan siquiera por cortesía. Y eso, que es Argentino, pensaba cada día, pero yo seguía allí, aguantado malas formas, un horario con el que terminaba reventado, pero bueno, todo fuese por el dinero y porque al fin y al cabo el hombre no se portaba tan mal conmigo. Una mañana, llegué, llovía mucho, y el lavadero estaba cerrado. El tío no venía y yo me resguardé bajo unos balcones, a esperarle. Llegó empapado y con una mala hostia......me asusté, era la primera vez que me asustaba ante sus ojos. Me gritó: que porque no había abierto el lavadero. Y le contesté que quién tenía las llaves era él, no yo. Me gritó que no servía para nada. Entró al lavadero, cogió una bolsa, pequeña, y me la lanzó, me golpeó la cara con ella. La cogí: era dinero, exactamente 120 euros. Me dijo que me fuese que no quería volver a verme, que ahí tenía mi liquidación. Hice la cuenta, faltaban 60 euros, se lo dije, y me dijo que saliese corriendo de ahí si no quería que mañana alguien me buscase y me diese una paliza. Salí de allí y ese mes tuve que dormir en la calle, porque preferí eso a no poder enviarle nada a mi familia. En la calle conocí a dos chicos, españoles, que trabajaban en la obra en la que hoy estoy, ellos me ayudaron, me dieron casa y me presentaron al jefe, que al día siguiente me dio trabajo, es con ellos con quien hoy comparto piso, pago 200 al mes, gastos aparte. Y este es un breve resumen de mi vida, desde que llegué aquí. La gente española me tendió la mano, la extranjera, como yo, me dio patadas. Eso me hizo replantearme muchas cosas............"
Miro el reloj, son casi las tres: tengo que irme a trabajar -le digo-. Yo también -me responde-
¿Mañana estarás aquí? -le pregunto con ganas de que me diga que sí y me siga contando cosas de su vida-.
No. Ya me he terminado el libro -me responde-.
Nos levantamos, se despide con la mano, y su peculiar andar. Le miro alejarse y me doy cuenta que la gente como él: gente luchadora, gente de gran corazón, son los que merecen ganar cualquier batalla, son los que merecen cumplir sus sueños.
Buena suerte campeón.
Cuando yo era "joven" je je je
He encontrado un Cd que daba por perdido. Un Cd, que contiene parte de mi pasado, desde los 20 a los 24 años. Son fotos, muchas fotos: de mis conquistas, de mis ex novias, de mis amigas, de mis ex amigas, de mi familia, de gente que nunca llegué a conocer en persona, de gente que ya conocía sin saber, y reconocí por esas fotos.
Historias. Pasado. Sí, un pasado maravilloso. Me han pasado tantas cosas, en estos últimos 6 años que se me eriza el bello: me escalofrío, con solo pensarlo.No entiendo como pueden caber, tantas cosas, tantas sensaciones, tantas personas, tanto amor, tanto desamor, y tantas cosas juntas, en 6 años. Me pregunto si los próximos 6 años vendrán también llenos de cosas mejores aún.
Me ha hecho gracia, yo también tuve 19 años:
Que gracia, cuando conocí a mi primer gran amor por primera vez y conseguí tener esa cara de gilipollas, que en esa foto tengo.Es curioso como pasa el tiempo, como se curan las cosas con el tiempo. Cuando mi primer gran amor me dejó, quise morir, y ahora solo guardo un buen recuerdo de todo aquello, lo malo........lo malo lo tiré. Que pensándolo bien tampoco hubo cosas malas, solo que el amor por una de las partes, se termina, algunas veces.
De aquello solo echo de menos algo: a alguien:
AZUL, en catalán. Le pusimos así (lo elegí yo) porque tenía los ojos azules como el mar. Y el azul, por ese entonces, era mi color favorito.
Se lo quedó ella. Lo vi bien. Conmigo, en esos momentos no podía venir. Hoy lo secuestraría. Si no fuese porque no se como hacerlo, nunca he secuestrado a nadie. Le echo de menos. Es lo que más echo de menos de aquella relación, fíjate que cosas.Ja ja ja ja ja.
Yo tenía preparado un relato. Lo llevaba toda la mañana montando en mi cabeza: escribiéndolo mentalmente, pero al llegar a casa y encontrarme con el Cd, ha quedado esto.
El relato mañana. O más tarde.
Hoy me he acordado:
-De las canciones de Estopa, cuando hacíamos limpieza de casa los fines de semana.
-De los helados de los Italianos, en Granada.
-De las comidas de mi Madre: de las barbacoas en casa.
-De los apuntes, y aquella pesada carpeta.
-De los paseos por el Parque García Lorca. Del viejo del parque. De la foto que te tomé mientras escribiste aquella nota.
-De aquel barril de cerveza que no supe poner.
-De la gente que me ayudo y me apoyó. Gente que me enseñaron todo lo que hoy sé.
-De la cuesta hasta llegar a tu casa: nuestras conversaciones, en los parques, o por Internet.
-De las noches de desenfreno y locura.
-De las noches, en la cama, escuchando "Océano Pacífico". Cuando leyeron mi pequeña carta en directo, con aquella voz, y me emocioné infinito.
-La sonrisa de mi Madre, en aquel tiempo, en que fuimos realmente felices.
-De las tardes en la terraza de mi habitación, infinitamente rayadas, pensando en qué hacer con nuestras vidas.
De esta canción:
Hacía varios meses que no la escuchaba.....raro en mi.....
Conversaciones (por ponerle algún titulo)
Ayer, por teléfono, tuve una conversación demasiado trascendental con mi Madre.
Hablamos sobre el paso del tiempo. Su historia es sencilla y complicada a la vez: mi madre y mi padre se quieren, pero mi padre está con otra, desde hace 5 años. Lo triste es que a pesar de que se quieren no están juntos. Y no creo que nunca lo vuelvan a estar. Demasiados obstáculos.
Sencillamente le decía a mi Madre, que cuando mi Padre envejeciese, esa mujer joven que ahora está a su lado, quizá no se quedase con él. Que posiblemente no quisiera cargar con un viejo.
Creo que lo bonito del matrimonio, no es estar en lo bueno y en lo malo. Es simplemente estar.
Porque es triste querer, y amar a una persona durante toda tu juventud, entregarle tus años, todo lo bueno y lo malo (también) de ti, y que cuando estáis empezando a envejecer juntos, alguna de las parte se marche: abandone. Cuando quizá más se necesitan cerca.
Así es la vida, eso dicen. Pues que putada.
Aquel verano

Aquel verano, lo pasamos en el restaurante de mis tíos. Me gustaba Natalia, por aquel entonces. Soñaba con ella, cada noche, con pasar el mayor tiempo posible a su lado. Por eso le propuse que se viniese al restaurante de mis tíos, todo el mes de Agosto, que además, era mi cumpleaños, lo celebraría, y quería que estuviese ella.
Teníamos 17 años, por ese entonces, ella, aún tenía que pedir permiso a sus padres para según que cosas, así que le dije que no se preocupase, que esperaría la respuesta. Su madre le dio permiso, pero tan solo le dejó la primera quincena de Agosto. Ya esta bien. Ella no protestó, y yo menos aún. Hicimos nuestras maletas. Mi Padre nos llevó en coche hasta allí. Mis tíos tenían un restaurante enorme, cuya planta de arriba estaba llena de habitaciones. Y una de ellas era para nosotras dos. Mi tío nos recibió con mucha alegría. Eran como unos segundos padres para mi. De momento nos llevaron a nuestra habitación. Mis tíos no tenían hijos, mi tía por culpa de una enfermedad muy grave, le tuvieron que extirpar los ovarios y demás. Y mi tío se resigno a ello. Querían adoptar, pero nunca se pusieron en serio, nunca llevaron la idea más allá de la idea.Nunca lo hicieron realidad. Así que yo siempre era demasiado bien venida allí. Me querían con locura. Y siempre, la gente que venía conmigo eran tan bien recibidos como yo: como una más de la familia. Y con Natalia no fue menos.
Yo me conocía aquel restaurante como la palma de mi mano. Conocía, incluso, zonas secretas donde nadie había estado antes. Natalia, nada más ver el restaurante se sorprendió. Decía que nunca había visto un lugar tan grande y bonito. Y eso, que aún no había visto nada.
Descansamos en la habitación. Yo, estaba demasiado enamorada de ella, como para mirarla mientras se quitaba la ropa, por eso, cuando empezó a quitarse la camiseta, que decía tenía una macha, yo le dije que iba al baño. Y salía justo cuando intuía que se había vestido. Sí, de esa manera, sabía que nunca podría robarle ni tan siquiera un beso, pero es que, prefería su amistad, y poder disfrutar de otras cosas con ella, a contarle mis sentimientos, y que todo empezase a marchar mal. La primera noche comimos con mis tíos. Natalia alucinaba con la comida, miraba con los ojos muy abiertos a mi tío, como queriendo adivinar de donde han salido esas manos tan expertas que tiene. Porque mi tío es cocinero. Pero un cocinero de estos que te hace con cualquier cosa, algo rico. Esa noche, Natalia no dejó nada en el plato. Y yo tampoco. Mi tía se encarga del personal. Hay 5 camareros trabajando en el restaurante. Ella es la encargada de que todo marche bien. Mientras mi tío se encarga de que todo vaya bien en la cocina, para que la gente se vaya bien contenta y vuelvan.
La primera noche dormimos cada una en una cama. La segunda también. La tercera fue diferente. Natalia, tuvo una pesadilla y me pidió que por favor le hiciese un hueco a su lado. Esa noche además de un hueco en la cama, le hice un hueco en mis brazos. La abracé. Era la primera vez que ella y yo nos abrazamos en la cama. Le dí mi calor. Sentía el suyo. Pronto unas ganas de besarle se apoderaban de mi. Y la besé. Pero nada más allá de un beso casto y puro en la frente. Al cual ella respondió con una sonrisa, que hasta pude escuchar, una sonrisa que me iluminó en la noche. Los días que vinieron le enseñé todos los entresijos del restaurante. La llevé a mi sitio favorito: es un sitio rocoso, desde el que se puede ver la inmensidad del mar delante de tus ojos. Si miras al frente lo ves todo azul intenso. Y te llenas de escalofríos sintiendo la brisa que te golpea en la cara, en la piel, con olor salitre. Quedó con la boca abierta cuando vio aquel sitio. Yo disfrutaba con su cara. Era tan bonita. Más incluso que el paisaje que se pintaba ante nuestros ojos.
De madrugada, me levantaba e iba a robarle pan al panadero. Mis tíos tenían un panadero que hacía el pan, cada madrugada. El pan más bueno de la historia. Pues yo a las 4 de la madrugada despertaba e iba a por pan, cogía 4 panecillos pequeños, recién salidos del horno. Los llevaba hasta la habitación, que nada más entrar se llenaba de olor a pan recién horneado. Ella, con el olor la primera noche despertó. Nos comimos el pan, mientras nos reíamos, y contábamos cosas. Las demás noches eran igual. Cada noche hacíamos esa gamberrada. Hasta que una noche ella quiso acompañarme. Cada noche cogíamos más panecillos, que estaban tan buenos, y luego en la habitación los comíamos con crema de chocolate, mantequilla, o solos.
Durante el día, hacíamos excursiones. Le mostraba los sitios que para mi, eran los más bonitos.
Cada vez se impresionaba más. Decía que no entendía como yo conocía todos esos lugares, que algunos parecían inexistentes. Y yo le explicaba, que cuando venía sola al restaurante de mis tíos, me dedicaba a explorar sitios nuevos, para algún día poder llevar a alguien especial, y enseñárselos. Ella sonrió.
Hacía demasiado tiempo que no la veía sonreír tanto. Sus Padres se estaban divorciando. Y ella, en medio, lo estaba pasando demasiado mal. En la semana que llevaba conmigo en casa de mis tíos, no había dejado de sonreír.
El segundo día de la segunda semana y última que le quedaba que pasar conmigo en el restaurante, me volvió a pedir que si podía dormir conmigo. Yo le dije que sí, con tal énfasis que hasta parecía que estaba esperando esa pregunta, para contestar un sí. Ella volvió a sonreír.
Esa noche, dormimos abrazadas. Demasiado abrazadas, sin soltarnos, la una a la otra. La abrazaba por la espalda, y mis manos se colaron por debajo de su camiseta: empecé a jugar con su espalda. Pensé, que pronto mi mano tendría que apartarse de ahí, a pesar de que lo que yo quería era investigar un poco más su cuerpo, su piel. Más tarde eran sus manos las que descubrían la mía. Ella me comenzó a acariciar la nuca, espalda, con las yemas de sus dedos y yo, nerviosa, por el momento y casi sin creer lo que ocurría me dejé llevar.
Con mis manos cogí su mejilla y en la oscuridad la miré. Sus ojos brillaban. Y fue en ese momento cuando, por primera vez nuestras bocas se juntaron, y sin hablar, nos besamos. Ella buscó mis manos, durante ese beso, y yo busqué las suyas. Nuestras manos quedaron entrelazadas, al igual que nuestras lenguas, que no dejaban de jugar cada una en la boca de la otra.
No me habría imaginado en ningún momento aquella situación. Entendí entonces, que las cosas llegaban cuando tenían que llegar, que solo había que aguardar pacientemente.
Hicimos por primera vez el amor, en esa cama, arropadas hasta arriba, con la fina sábana blanca. Esa madrugada no fuimos a coger pan recién horneado, esa madrugada, y las que vinieron más tarde, preferí buscar su cuerpo, su piel y el sabor de sus besos.
Aquella casa con moho
Aquella noche hacía mucho frío. Y solamente tenía un calefactor, que me ponía entre las piernas. Un calefactor al que abrazaba. Aquella casa me daba cierto respeto. Dormir sola, era todo un reto para mi. Miraba las paredes, blancas, y escuchaba como hablaban. Veía como se movían. Se movían las paredes. Esa casa olía a moho, te pusieras donde te pusieras. Aquel olor a moho se metía por tus fosas nasales hasta llenar tu cerebro de hongos de color verde.
Sabía que en aquella casa no estaba sola. Estaban los hongos conmigo. Pero aquella noche tenía miedo, y me pasé toda la noche al lado de la puerta, abrazada al calefactor con un cuchillo en una mano y el rodillo de amasar en la otra.
Con tres mantas por encima, y la luz de mi teléfono móvil, enfocando mi cara.
Si esa noche alguien hubiese entrado en aquella casa, creo que habría salido corriendo, al verme allí, bajo las mantas, abrazada a un calefactor, con aquellas dos armas de defensa en mis manos. Y aquella cara de pánico terrible.
Amanecí sobre una manta, en el suelo. En esa casa no entraba ni un rayo de luz. Por eso, creo, que la felicidad nunca se quedaba allí dentro. Sin luz, se vive en las tinieblas. Y la casa se hiela, y tu te terminas helando por dentro. Y tu vida, y tu amor, y tus sueños. Se congelan. Se quedan como yo, cerca de la puerta, con miedo. Como esperando a que venga alguien: a rescatarnos.
Cuando saque todas mis cosas de aquella casa, y quedó vacía. Dije adiós y me respondió un eco que si cierro los ojos aún escucho.
Recuerdo aquel olor. Ese olor que a veces no te dejaba dormir. Me pregunto como salí viva de aquella casa. Cuando el único lugar acogedor era la cocina, porque tenía una ventana, por la que entraba algo de luz, y si cocinabas, dejabas de oler durante un rato el moho. Y parecía que estabas en otro sitio diferente.
Fue por aquel entonces cuando comencé a hundirme en la miseria. En mi miseria. En la que yo había elegido.
Porque a veces no te elige ella a ti, sino que tu la eliges a ella.
Y tienes dos opciones, seguir allí, y convertirte tu también en moho, en escarcha, en soledad, debajo de una manta, al lado de la puerta, o salir por la puerta y no regresar jamás allí.
Aquello no era la felicidad. Sin embargo, cuando estás allí metida piensas que eso es lo que mereces, porque no hay nada mejor. Y piensas que tienes que ser feliz con lo que tienes. Y ahí está el error, el grave error.