Volver a verte

Dimos una vuelta por el pequeño bosque que había cerca de tu casa de madera.
¿Estás cansada? -te pregunté-. Podría estarlo -respondiste- pero no, ya estoy acostumbrada a caminar sobre la tierra y las piedras.
Te hablé de lo delgada que te veía, de lo bien que te quedaban las gafas de pasta azules, y de aquellos viejos amigos que ya son viejos y no son nuestros amigos. Te reías y podría haberme colado dentro de aquella risa que cosía con pequeñas carcajadas aquella vieja herida que dejaste abierta una vez, pero esa vez ya estaba olvidada.
Tu Padre, ¿sigue pintando? y contando historias de la guerra -te pregunté bajito-.
Mi Padre, sí, sigue pintando, y sigue con las historias que te contaba mientras tu casi quedabas dormida -me respondes sin quitar la vista del camino de tierra y piedras-.
Yo no me dormía. Recuerdo todas las historias, ¿te las cuento? -te respondo, sin dejar de mirarte a los ojos-.
Sonríes. No, gracias -vuelves a sonreír-. Bastante tengo con mi Padre -terminas diciendo, entre risas y miradas-. Sí, tu mirada. Aquella mirada. Cómo olvidar aquella mirada llena de incertidumbres. Recuerdo que la última vez que nos miramos así tu me dijiste que querías estar sola, que no querías volver a tenerme cerca. Y aquella mirada contradecía tus palabras. Te repetía una y otra vez, que me echarías de menos, que lo pasarías mal, y por no ser egoísta no te dije que quién más te echaría de menos sería yo. Y me callé.
Te doy una caja de cartón de colores, y dentro están todas las cartas que te escribí y nunca te hice llegar. ¿Por qué te viniste a vivir tan lejos? -te pregunto temblando-.
Y tu quedas callada. Me imagino que por la enfermedad de tu Padre los médicos te dijeron que el aire puro le haría mucho bien. Pero ¿y a ti, te haría algún bien a ti este aire tan puro, esta soledad?. Me respondes que no.
Nos hemos detenido, en el camino. Has dejado la caja sobre una piedra y te has sentado cogiendo mi mano fuertemente y sin soltarla un instante.
¿Cuándo vas a asimilar su muerte?. Tienes que aceptarlo, por favor. Ella ha muerto. Murió aquel día. Yo también la imagino rondando por aquí, y aún huelo las galletas de almendra que cocinaba y llenaban de olor toda la casa. Pero tienes que pasar página. Ella no está. Nos dejó, por desgracia, hace 5 años. Y tú, niña, vuelves cada año a encontrarte con ella en esta vieja casa de madera, pero nunca la encontrarás. Porque desgraciadamente ella está muerta.
Hija, recoge esta caja llena de cartas. Ella no puede leer esto. Y además, nunca.
No vuelvas nunca más aquí. Ella no está, tienes que asimilarlo - me golpea en las sienes con los dedos-. Tienes que entenderlo: tienes que enterrar ese dolor. No creas que como Padre que fui no la echo de menos. La busco tras los árboles, y cuando anochece parece que la escuche pedir auxilio en el bosque. Pero son imaginaciones mías. Al igual que tus imaginaciones son tuyas.

Coge ese tren y no vuelvas. Mi hija ha muerto y tú cada vez que vienes en su busca te mueres un poco y me matas a mi otro poco.


2 comentarios:

La Dulce Pena 7 de septiembre de 2008, 14:42  

Mudo... sin palabras me has dejado, creo qeu no he entendido la historia muy bien del todo, por eso, le dedicaré otra lectura más lenta y reposada...


Besos guapa...

Inés 8 de septiembre de 2008, 22:52  

aún no lo he leído....

;)

pero lo tengo apuntado!! (tú espera que me lea todos los que me recomendó el italiano!!!)

y a ver si nos vemos por el msn un día de estos.

besos

eigual

Empecé a escribir este blog en una época bastante importante de mi vida. Aquí he escrito poemas y relatos. De la única forma que se. Hace poco me mude a www.escriboaqui.es con las mimas ganas de escribir que nunca. Con nuevos proyectos y sueños. Disfruta de todas las palabras que se quedaron aquí.