Recuerdo


Ocurrió en el tren camino de Granada. Después de que el revisor se diese cuenta de la poca eficacia de Renfe, tras comprobar que efectivamente en mi billete había un error y mi asiento no era el que yo ocupaba, si no otro. Me separó de una buena compañía, de una conversación profunda, de esas que no había tenido en meses. Lo miré como quién mira a alguien a quien le gustaría asesinar, y eso, que esto último no suelo querer hacerlo nunca. Así que me cambié, como digo, de asiento. Al lado tenía un matrimonio. Ancianos los dos. Me quedé mirándoles, porque realmente merecían ser observados. Consiguieron robarme varias sonrisas. Porque la mujer cuidadosamente sacó un termo con café y leche. Le colocó a su marido la mesa plegable, le llenó el vaso de plástico con café y leche, y luego con ella hizo lo mismo. El marido bebía el café con las manos temblorosas. Antes de guardar el termo, la mujer me miró: ¿quieres café niña? -me preguntó-. Le respondí que no, completamente emocionada. Y ella me miro con la misma mirada que minutos antes le había dedicado a su marido. El traqueteo del tren hace que el hombre se duerma. Yo estoy despierta. El Sol me da en los ojos, por eso giro la cabeza, hacia el matrimonio. La voz de la mujer me hace abrir los ojos. Me llama a mi. Me pregunta si duermo y le digo que no. Que no he dormido en todo el trayecto que llevamos. Me pregunta que dónde voy, y le digo que a Granada a ver a mi familia. Me dice que ellos también van a Granada a ver a sus nietos. Intuyo que la mujer quiere hablar conmigo, así que me giro y la escucho:

"Mi marido tiene alzheimer, hace 4 años que lo padece, al principio estaba bien, se le olvidaba llevarse las llaves, o donde estaban las toallas, cosas cotidianas. Pero luego, el segundo año fue terrible, porque se olvidaba de quién era yo. A ratos. Otros ratos no. Lo peor es por la noche, cuando se despierta y no sabe donde está. Le entra el pánico y le invade un terrible miedo. Intento sostener su mano, pero como en ocasiones no me conoce, lo pasa peor. Llevamos 60 años juntos. Queriéndonos. Su enfermedad es muy dura, y triste. Porque vas viendo poco a poco como se le olvida hasta el amor que sentía por mi, y yo lo miro a los ojos fijamente, le cojo la mano y se la beso. Cada día que pasa siento como si le tuviese que volver a enamorar. La gente dice que eso es bonito, pero eso es muy duro. Bonito era cuando juntos recordábamos tiempos pasados, cuando el se metía con mis manías. Ahora, el pobre, no se mete conmigo. Al revés, todo lo que hago le parece perfecto. Y el está bien mentalmente, si hablas con él luego, y yo no te hubiese dicho nada de su enfermedad pensarías que es el hombre más sano e inteligente del mundo. Pero no le puedo dejar solo en casa, ni en la calle, ni siquiera en la cola del supermercado. El puede perder así, de repente la memoria y le entra una ataque de pánico increíble. Yo tengo que estar con el las 24 horas del día. Es duro...muy duro. Pero le quiero tanto."

La mujer llora, se limpia con un pañuelo que saca de su escote. Yo la miro, con cara de preocupación. El hombre parece que despierta, y la busca a ella. Dice su nombre. Y la mujer, se vuelca por completo en el. Cuando llega la hora de comer, despliegan sus mesas, y la mujer las llena de comida. Me invitan a comer. Y no le acepto nada porque yo llevo tres enormes bocadillos que he de comerme. Hablan todo el rato. La ternura de la mujer envuelve el vagón, y nadie lo sabe, nadie más lo siente. Nadie más los mira. Solo yo contemplo esa muestra infinita de amor y ternura, que todos y cada uno de nosotros nos gustaría llegar a tener cuando lleguemos a viejos. Alguien que nos quiera, nos cuide, y nos sea fiel en cualquier adversidad.
Cuando llegamos a Granada bajo con ellos del tren. Su familia les espera. Dos niños corren a sus piernas. Gritan : ¡Abuelo, abuelo, abuela, abuelo!. Me despido de la mujer con un hasta pronto, le sonrío, y la mujer con tan sólo una mirada me lo dice todo.
Cruzo las vías, por donde toca, no vaya a ser que cruce por donde no es.... Veo desde lejos que me esperan mis tíos. Me acerco a ellos sonriente: Qué alegría encontrarnos. Qué alegría conocernos.

6 comentarios:

Dejame que te cuente 29 de abril de 2008, 2:19  

e....
especialista en hacerme llorar con las historias de la gete de a pie que me cuenta...
asi desde hace mas de un año...uy...que digo un año...mas de dos...
y aqui seguimos..
leyendonos...contandonos...

mi suegra tiene alzheimer....y me duele una barbaridad verla en ese estado...realmente es una enfermedad durisima..
no hay derecho....nadie deberia de aca bar sus dias asi..
perdido...
totalmente perdido...

que horror e...


besicos cielo

Rodolfo Serrano 29 de abril de 2008, 11:35  

No sé qué decirte. Mi padre, al final de su vida, no nos reconocía. Me acuerdo tanto de él.
Besos

Anónimo 29 de abril de 2008, 13:14  

El error por sentarte en un asiento distinto al reflejado en el billete no es del revisor ni de Renfe, es simplemente tuyo.

Y triste es no saber ni encontrar el asiento correcto en un tren.

Te lo explico para otra vez: El asiento lleva uno o dos números y una letra, y el coche (o vagón) lleva uno o dos números. Pues bien, es sencillo. Si, por ejemplo, en el billete pone 7C como número de asiento tienes que buscar en el tren uno que ponga 7C.

Te doy mis ánimos para la próxima vez. Te creo capaz de saber encontrar tu asiento en un tren. Y hasta en un autobús o avión.

juan rafael 29 de abril de 2008, 13:53  

El cambio de sitio tampoco fue tan malo: no hay mal que por bien no venga.

eigual 29 de abril de 2008, 21:55  

Rodolfo, que pena lo de tu Padre.....Tiene que ser muy triste.

Fire, tu si que me haces llorar en ocasiones. Gracias por tus palabras. Por tu compañía.

Juan Rafael: pues es cierto, tampoco fue tan malo en cambio, además la compañera con la que congenié tan bien se bajaba en la próxima estación.

Querido anónimo tú que siempre me sigues, y estás ahí atento a mis post. El error fue de Renfe y no mío. Yo miré demasiado bien el billete, de hecho lo estuve mirando días antes, pues soy así con estas cosas. Renfe en vez de poner que iba en el coche 221 puso 222 y yo en eso, perdona, pero no tengo ninguna culpa: ni pincho ni corto. De hecho la mujer que iba en mi asiento tenía el mismo billete que yo, ¿entonces por eso la mujer y yo teníamos la culpa?. Perdona, pero has caído muy bajo con este comentario. Pero da igual, tú no tienes nombre. Aquí el que debe de aprender eres tú: aprender que este tipo de errores pueden ocurrir. Cualquier día a cualquier persona. Un saludo, y un poco de paciencia.

Anónimo 30 de abril de 2008, 11:55  

Entonces, para variar, es que has redactado mal

eigual

Empecé a escribir este blog en una época bastante importante de mi vida. Aquí he escrito poemas y relatos. De la única forma que se. Hace poco me mude a www.escriboaqui.es con las mimas ganas de escribir que nunca. Con nuevos proyectos y sueños. Disfruta de todas las palabras que se quedaron aquí.