El mirador y las cosas que no se dicen

La llevé a un sitio muy bonito, desde donde se podía ver toda la ciudad con tan solo abrir los ojos y mirar al frente.Ella estaba preciosa, llevaba el pelo suelto, las gafas azules, y la sonrisa en los labios.
La fotografié con mis ojos varias veces; guardé su imagen en mi cabeza, si cierro los ojos la puedo ver aún. Es lo único que recuerdo con suficiente nitidez.
Había pensado en decirle, desde aquel precioso mirador, lo que sentía por ella. Todas las cosas que me había imaginado y quería hacer con ella. Solo con ella. Sentía miedo, miedo al rechazo, miedo a que sus sentimientos no fuesen los mismos que los míos: pero es un riesgo que he de correr. Sea lo que sea habrá merecido la pena -pensaba-.

Ella no decía nada, bueno sí, varias veces dijo que aquellas vistas le parecían una postal preciosa. Que teníamos una ciudad muy bonita, y que nunca se había dado realmente cuenta de ello.
Yo no hablaba. La escuchaba. Escuchaba lo poco que decía. Porque ella también estaba muy callada.
Yo solamente buscaba el momento para ir metiendo poco a poco, frase a frase, mi amor, en palabras y declararme, claro está, a ella. Pero no era una tarea fácil. Declarar tu amor a alguien no es fácil, nunca es fácil, porque si eres algo tímido y nervioso, puedes correr riesgo de que lo que le cuentes pierda todo el encanto.
De cualquier manera, se lo tenía que decir. Es que pensaba en ella cada día. Mi primer pensamiento de la mañana era para ella. Durante el día, en el trabajo, solo escribía su nombre mentalmente. Los días los pasaba haciendo planes: que hacer con ella, donde llevarla, a que película la podía invitar a ver en el cine, y cosas de este tipo.
Y ahora que la tengo al lado. Mirando las luces brillantes de la ciudad, tengo miedo, un miedo terrible de que me diga que no siente ni siquiera un ápice de lo que siento yo. Hay que romper ese miedo, tengo que tirarme a la piscina, tengo que decírselo, y tendrá que ser ya, porque si me dice que sí, que siente lo mismo, o un poco, o yo que sé, tendré que besarle en los labios, y me muero de ganas de hacerlo.

Ella sigue admirando las preciosas vistas. Tiene frío. Le presto mi chaqueta, como en las películas, ella se ríe: "como en las películas, que el chico que intenta ligarse a la chica le presta su chaqueta, para que la chica no pase frío" -dice-. Si es que piensa lo mismo que yo. Estamos inventados para estar juntos el resto de nuestra vida.
Por eso, en ese preciso instante, me decido a decirle lo que siento por ella. Pero hasta para eso estamos compenetrados. Que ella, comienza a hablar a la par que yo. Y por cortesía, le cedo a ella que hable primero.
Ella comienza a hablarme: "hay algo que me gustaría contarte, eres mi amigo, y hace una noche estupenda para contarte un secreto, porque además, el paisaje acompaña". En ese preciso instante comienzo a temblar. Tiene que contarme un secreto. Yo también tengo que contarle un secreto. Ella continua hablando: "verás, estoy enamorada, y eres la primera persona en saberlo...". Ahora quien tiene frío soy yo, ¡está enamorada!. Yo también lo estoy. Los dos estamos enamorados. Supongo que ahora viene cuando, yo le digo: "yo también lo estoy": y nos besamos. Y terminamos juntos el resto de nuestras vidas. Pero no. Ella continua: "...de un chico que estudia conmigo en la facultad, se llama Alejandro, tiene 2 años más que yo, y bueno, estoy perdidamente enamorada de el".
Ahora es uno de esos momentos en los que el mundo debería dejar de existir. Ahora empieza el principio del fin. Ahora es cuando no me importaría hacer caída libre desde el mirador. Estoy tan congelado por dentro, que creo, que no sentiría ni siquiera un poco de dolor al golpearme contra el suelo.
"dime algo.... tu mejor que nadie, me puedes dar un buen consejo". Yo la miro, nunca he visto unos ojos tan enamorados como los suyos. La miro, con mis torpes ojos que llevan toda la noche mirándola, y sin atreverme a decirle lo bonita que está, lo bien que le sienta el pelo suelto. La miro y comienzo a hablar, lo que en toda la noche no he sido capaz: "¿sabes? Deberías de decirle al chico que te gusta lo que sientes por el. Pero deberías decírselo ya, porque mañana puede ser tarde. Ahora. Deberías de decírselo ahora. Deberías de dejarme a mi, aquí, en este mirador, irte, buscarle y decirle lo que sientes por el. No vaya a ser que en este preciso instante, alguien se le esté declarando a el, y le pierdas, por no haberle dicho lo que sientes a tiempo".
Ella me mira extrañada. Hubiese reconocido esa mirada de asombro entre mil, me gusta su cara de sorprendida. ¿Tan raro es lo que digo, para que me mire con esa cara de sorpresa?. Está tan bonita, grabaré su rostro en mi mente, y esta noche, la rescataré en mis sueños, y será mía.

"tienes razón, ¿no te importa que te deje aquí y que vaya a buscarle, se donde está ahora. Los sábados está con los amigos en un Bar cerca de la calle Río. Gracias por todo, y gracias por estas vistas tan bonitas. Hasta pronto." -me da un beso ligero en la mejilla izquierda y se va....-.
Quedo allí, solitario, con mi mano sobre la cara, para rozar ese beso con mis manos heladas. Caigo en la cuenta de que se ha llevado mi chaqueta. De que está enamorada de otro. Y de que soy el ser más desgraciado que pisa la tierra.
Ni el frío, ni el desamor, hacen que me mueva de allí. No se las horas que pasé allí, de pie, mirando a la nada, sin pensar, sin llorar, sin moverme. Helado de frío por fuera, y llorando de amor por dentro.

3 comentarios:

X 7 de enero de 2008, 23:42  

Como en las películas.

Renton 8 de enero de 2008, 3:33  

Nono, desgraciado no.

No hay nada más grande que dejar libre a quien amas por su felicidad...

Muy bonito, un tanto novelesco pero muy bonito.

:]

Luna Carmesi 8 de enero de 2008, 10:11  

Me temo que renton tiene razon en su segunda frase...

eigual

Empecé a escribir este blog en una época bastante importante de mi vida. Aquí he escrito poemas y relatos. De la única forma que se. Hace poco me mude a www.escriboaqui.es con las mimas ganas de escribir que nunca. Con nuevos proyectos y sueños. Disfruta de todas las palabras que se quedaron aquí.