Pescador de sueños


Los Sábados papá me llevaba a pescar. Yo tenía 9 años. Papá me había regalado por mi cumpleaños una pequeña caña de pescar, que el mismo había fabricado sin que yo le viese. Vivíamos en un pueblo de Asturias, cerca del mar. Papá, cada sábado, me despertaba en mitad del sueño, me preparaba un gran vaso de leche con una rebanada de pan recién hecho, al que le rociaba azúcar por encima (estaba tan bueno). Luego mamá aparecía por la puerta, con dos bolsas cargadas de comida. Nos preparaba unos bocadillos, con un embutido que de solo olerlo te alimentaba. Nos llenaba la cantimplora de agua fresca. Nos repartía besos y nos despedía en la puerta. Pescaba con Papá. Mejor dicho, yo miraba como Papá pescaba. Yo le miraba con la boca entre abierta. Nunca me hizo falta decirle lo mucho que le admiraba, porque mi cara lo decía todo, sin palabras, yo me retorcía de felicidad, sin dejar de sonreír, y sin soltar mi pequeña caña de pescar, que Papá con tanto cariño me regaló.
Luego, con la cesta cargada de buen pescado, Papá pasaba por casa de Ernesto.
Ernesto era un hombre mayor, y que padecía una grave enfermedad. Su mujer estaba enferma también, y el médico le había dicho que la comida que menos daño le haría, sería el pescado. Por eso Papá, pasaba cada sábado por casa de Ernesto y le regalaba de forma desinteresada más de la mitad, del contenido de la cesta. Luego, en casa, Mamá cocinaba el resto del pescado. Cortaba unos tomates recién cogidos (teníamos una pequeña huerta), y comíamos pescado y tomate aliñado, mientras Papá relataba como había ido el día de pesca. Le contaba a Mamá que el más grande lo había pescado yo. Cuando era mentira, lo había pescado el, lo único que cuando el pez picaba, Papá me hacía sostener la caña y tirar.

En el 1998 mamá moría a causa de un derrame cerebral. Papá dejó la pesca, con lo que le gustaba. Y se pasaba los días sentado en los restos de un gran tronco, frente al cementerio. No recuerdo la de veces que fui a por él. La de veces que intenté explicarle que allí sentado, frente al cementerio no haría que Mamá regresara. Nunca quiso, mi Padre, que viese sus lagrimas. Por eso, cuando quería llorar, iba allí, y se sentaba en aquel tronco. Me decía: Vete tu, yo ya voy para casa. Yo tenía 25 años recién cumplidos. Estudiaba arquitectura en Madrid, donde compartía piso con tres chicos más. Papá y Mamá se quedaban sólos, y el año en que Mamá murió le dije a mi Padre que dejaba la carrera para quedarme con el, no quería dejarle sólo con aquella tristeza. Le dije: Papá, mira, podemos hacer muchas cosas: iremos a pescar ¿recuerdas?, aún conservo la caña que me regalaste, la que hiciste con tus propias manos, quiero volver a usarla.
Papá sonrió. Me dijo: Echo de menos a tu madre hijo, tanto que no se si seré capaz de superar su ausencia. Le dije, que juntos lo superaríamos. Que yo también la echaba de menos, y que había llorado a solas, muchas veces, su ausencia, como él.
No quiso que me quedara en Asturias con él. Empezaban las clases y le dije seriamente, que quería dejar la carrera y quedarme a vivir en Asturias: trabajar en el campo, o en cualquier otro sitio.Él tranquilo y sereno, me dijo: No. No te vas a quedar aquí conmigo. Aquí no tienes futuro, hijo. Tiene que terminar tu carrera. Ya vendrás en vacaciones, e incluso, cuando termines la carrera quiero que vengas, tenemos que construir aquella cabaña que un día prometimos a Mamá que haríamos, ¿te acuerdas?. Aún así quería quedarme. Pero Papá tenía razón. En Asturias, en ese pueblo, a pesar de ser precioso y de gustarme tanto, no tenía futuro. Por eso me fui. Prometiendo a Papá que volvería en Verano, y que construiríamos la cabaña.

Cuando llegué a casa de la facultad, uno de mi compañeros de piso se acercó a mi, con el gesto serio y la mirada pérdida. Y me dió la noticia: tu Padre ha fallecido, lo siento - me dijo susurrante-. Enterraron a Papá cerca de Mamá. Como él quería. Cuando entré en casa hundí mi mano en el sofá donde Papá se sentaba. Pude verlo allí, contando las batallas de pesca, hablando de Ernesto y familia. Luego, entré en la habitación que Papá pasaba tiempo, construyendo cosas. Sobre su mesa de trabajo estaba mi caña. Pero ya no era una caña pequeña, era una caña más grande. Entonces entendí: Papá había hecho una caña de pescar más grande para mi. Íbamos a pescar en Verano, cuando yo regresara de Madrid. Vi también, en su mesa, unos planos muy bien hechos, pues al estar estudiando arquitectura había aprendido bastantes cosas ya. Vi los planos. Tan bien hechos. Los doblé y metí en mi bolsillo.

Meses mas tarde, construí una cabaña como Mamá y Papa querían. Solo me faltaban ellos dos allí para que todo fuese perfecto.
Cogí la caña de pescar que Papá me había hecho con todo el amor y cariño.
Fui a pescar donde siempre.
Me senté y lancé la caña. Y cuando la sostenía fuertemente con mis manos pude ver una pequeña inscripción, grabada a fuego, sobre la madera: "Mi pescador de sueños, mi hijo. Con mucho amor, Papá".
Dentro de mi se desató una tormenta, y no se cuanto tiempo estuve allí pescando, y escuchando en mi interior la voz de mi Padre, diciéndome una y otra vez: "tira, tira, campeón, que ya lo tienes".

Su pescador de sueños. Gracias Papá.

7 comentarios:

juanjo 24 de agosto de 2008, 18:51  

Se me pone un nudo en la garganta al leerlo.
Genial, como siempre.
Besitos

eigual 24 de agosto de 2008, 19:51  

Gracias Juanjo... : )

El navegante 25 de agosto de 2008, 1:25  

Hace mucho que no leo un post que me conmueva tanto. Has conseguido que me emocione de veras (y es cosa harto difícil, creeme). Te lo digo bien claro: el nivel del relato me parece BRUTAL.

No sé cómo lo haces pero siempre terminas superándote a tí misma. Ánimo con el libro que tienes pendiente publicar.

La Dulce Pena 25 de agosto de 2008, 16:54  

Quizás te parezca un sensibleras... pero, lo que he sentido al leer tu relato no tiene definición... escalofríos han recorrido mi cuerpo... y llegando al final, las lágrimas han brotado...

Me ha encantado lo mejor que he leído en mucho tiempo... gracias por estar ahí escribiendo siempre... gracias...

Ledicia 25 de agosto de 2008, 17:01  

Uff, me ha encantado el texto!!

yo tb iba de pequeña a pescar con mi padre de pequeña.

un saludo!

eigual 26 de agosto de 2008, 20:03  

El navegante: Yo, en muchas ocasiones, también me emociono al leer tus relatos.Gracias por tu comentario.

Dulce pena: Es bueno ser sensible, y emocionarse con según que cosas. Gracias amigo!

Ledicia: Me alegra mucho que te haya gustado.

La emocionada, ahora, soy yo. Me emocionan vuestras palabras, y saber que mis escritos no se quedan perdidos por ahí: que llegan a algún sitio.

Interpreto_sueños 5 de julio de 2009, 17:45  

Sencillamente sin palabras. Que duro es perder a las personas que uno quiere y más duro saber que aquellos que lo quieren a uno también nos perderán algún día.

eigual

Empecé a escribir este blog en una época bastante importante de mi vida. Aquí he escrito poemas y relatos. De la única forma que se. Hace poco me mude a www.escriboaqui.es con las mimas ganas de escribir que nunca. Con nuevos proyectos y sueños. Disfruta de todas las palabras que se quedaron aquí.